sábado, 22 de diciembre de 2018


¡SUS PRIMERAS AVENTURAS!

Sor María Narisi llega a Venezuela en 1970,  la comunidad que la recibe es Isla Ratón, Estado Amazonas, donde permanece por más de  once años. De allí pasa a la Esmeralda, Orinoco arriba, en  1981 perdurando por tres años. En 1984 es enviada nuevamente a Ratón y en 1986 la obediencia la lleva a Atabapo por casi 21 años. En el 2006  cierran la comunidad de hermana de  Atabapo y desde esa fecha hasta el 2018, estuvo en Ratón, cuando por razones de salud y la avanzada edad ya no le permitía seguir ofreciendo si servicio a los nativos amazonenses y hubo la necesidad de recibir cuidados especiales en una casa para ancianas que las Hijas de Maria Auxiliadora  tienen en Caracas.

 Empezó su  experiencia en el internado “NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN” en  ISLA DEL RATÓN, en 1970. Se trataba de una nueva fundación de las Salesianas en tierra de misión. Allí fue la encargada de las internas y de las comunidades indígenas. De ese inicio decía: "¡Qué bello es trabajar con la gente sencilla y pobre!"
     Al principio eran recibidas como cosa rara, las tocaban por todas partes a ver si éramos personas o fantasmas. Fue un momento muy fuerte. Era  experimentar en carne propia la extrañase de su existencia, de sus características, del color de su piel, del tono de la voz y la pronunciación de las palabras, de su cultura, de su creencia.
    La Directora, Sor Inés Molina, le recomendó que si quería ganarme la gente que se dejara tocar; así fue, poco a poco empezaron a conocerla, a tenerle confianza y a trabajar junto a ella. A medida que el tiempo pasaba disminuía la practica de levantarles el hábito para ver cuántas cosas llevaban para cubrirse, mientras ellas, las indígenas, no usaban casi nada. Era normal y justificable que les llamara la atención esas costumbres foráneas.
     En las comunidades aledañas donde vivian familias enteras de indígenas empezaron las religiosas a dictar cursos de promoción auto gestionaría con la ayuda de Vicariato de Puerto Ayacucho, quien para ese entonces estaba bajo la responsabilidad de Monseñor Ceccarelli.
    En la comunidad de  Coromoto Cuao empezó Sor María,  una experiencia muy bonita en corte y costura, tejido de chinchorros y hamacas. Las participantes aprendieron rápido y llegaron a tener un fondo económico, jamás antes visto. Se sentían orgullosas de sus logros a tal punto que invitaron a Monseñor Ceccarelli para su Comunidad. Los indígenas mostraron  su gratitud por la presencia de las hermanas y la enseñanza que Sor María les había dado,  presentándole varios juegos de su cultura originaria y todos los trabajos que estaban haciendo. Monseñor los felicitó y animó para que siguieran adelante.
     Al regresar de ese encuentro, en el raudal,  se les averió  el motor. El río estaba furioso, en el poco espacio que quedaba entre piedra y piedra se encasquetó la voladora, el motor no quiso prender.  En esos momentos en los que se pone en riesgo la vida se prueba la fe y la vocación misionera en zonas inhóspitas y alejadas de toda civilidad. Y es en ese momento que la  confianza en la bondad de Dios ayuda a mantener la calma, sabiendo que estamos en sus manos. Sor María empezó a gritar: ¡María Auxiliadora…! la voladora casi se volteaba, ella creyó  que había llegado su fin, Monseñor tocaba el agua con el hombro, él permaneció tranquilo, o al menos así le parecía externamente,  con los brazos cruzados. Ella no paraba de gritar; ¡María Auxiliadora! ¡si todavía hacemos falta, ayúdanos, sino haz lo que quieras y rápido! . De repente vino una ola tan fuerte que suspendió la voladora, ella sintió que era el fin de sus vidas y pidió  la bendición a Monseñor. El motorista insistió en dar la cuerda del motor y  en ese momento prendió de un golpe, acelero tanto que creyó que iban a estrellarse. ¡No fue así!. Sor María lloró de agradecimiento cuando vio que salían del atolladero.
Cuando se calmo le pregunto a Monseñor qué sentía en esos momentos de peligros. Le responde: ¡NADA¡ ¡ Gracias a Dios  y a María Auxiliadora todo pasó! Ese camino no quiso pasarlo nunca más en barco, sobre todo con el río seco, entonces pasaba por el monte.
     En otra ocasión, que se dirigía a la comunidad de COROMOTO a pie,  tropezó  y se agarró de una rama de un árbol sin darse cuenta que estaba un tremendo panal de avispas que le cayeron encima, ella no sabía cómo defenderse del ataque, pedía ayuda pero no había nadie cerca. Sólo  Dios y las avispas y ella. Siguió  caminando hasta pasar el raudal, el motorista se asustó al verle con el ojo cerrado y la cara picada por las avispas. Llego a la comunidad "LENCHO" y casi no veía. Así siguió el viaje  hasta "COROMOTO", trabajó un rato. Ellos le pusieron su medicina tradicional, pero los efectos de las picadas de avispas continuaron. Al regreso a casa tenia los dos ojos bien cerrados por los parpados hinchados. Dicen que las avispas prevén y curan la artrosis y el reumatismo, así que ella se siente vacunada,  y da gracias a Dios por esta aventura.

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