¡SUS PRIMERAS AVENTURAS!
Sor María Narisi llega a Venezuela en 1970, la comunidad que la recibe es Isla Ratón, Estado Amazonas, donde permanece por más de once años. De
allí pasa a la Esmeralda, Orinoco arriba, en
1981 perdurando por tres años. En 1984 es enviada nuevamente a Ratón y en 1986 la obediencia la lleva a Atabapo por casi 21 años. En el 2006
cierran la comunidad de hermana
de Atabapo y desde esa fecha hasta el 2018, estuvo en Ratón, cuando por razones de salud y la avanzada edad ya no le permitía seguir ofreciendo si servicio a los nativos amazonenses y hubo la necesidad de recibir cuidados especiales en una casa para ancianas que las Hijas de Maria Auxiliadora tienen en Caracas.
Empezó su experiencia en el internado
“NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN” en ISLA DEL
RATÓN, en 1970. Se trataba de una nueva fundación de las Salesianas en tierra de misión. Allí fue la encargada de las internas y de las comunidades
indígenas. De ese inicio decía: "¡Qué bello es trabajar con la gente sencilla y pobre!"
Al principio eran recibidas como cosa rara, las tocaban por todas partes a ver si éramos personas
o fantasmas. Fue un momento muy fuerte. Era experimentar en carne propia la extrañase de su existencia, de sus características, del color de su piel, del tono de la voz y la pronunciación de las palabras, de su cultura, de su creencia.
La Directora, Sor Inés Molina, le recomendó que si quería
ganarme la gente que se dejara tocar; así fue, poco a poco empezaron a
conocerla, a tenerle confianza y a trabajar junto a ella. A medida que el tiempo pasaba disminuía la practica de levantarles el hábito para ver cuántas cosas
llevaban para cubrirse, mientras ellas, las indígenas, no usaban casi nada. Era normal y justificable que les llamara la atención esas costumbres foráneas.
En las
comunidades aledañas donde vivian familias enteras de indígenas empezaron las religiosas a dictar cursos de promoción auto gestionaría con la ayuda de Vicariato de Puerto Ayacucho, quien para ese entonces estaba bajo la responsabilidad de Monseñor Ceccarelli.
En la comunidad de Coromoto Cuao empezó Sor María, una experiencia muy bonita en
corte y costura, tejido de chinchorros y hamacas. Las participantes aprendieron rápido y llegaron
a tener un fondo económico, jamás antes visto. Se sentían orgullosas de sus logros a tal punto que invitaron a Monseñor Ceccarelli para su Comunidad. Los indígenas mostraron su gratitud por la presencia de las hermanas y la enseñanza que Sor María les había dado, presentándole varios juegos de
su cultura originaria y todos los trabajos que estaban haciendo. Monseñor los
felicitó y animó para que siguieran adelante.
Al regresar de ese encuentro, en el
raudal, se les averió el motor. El río estaba furioso, en el poco espacio que
quedaba entre piedra y piedra se encasquetó la voladora, el motor no quiso prender. En esos momentos en los que se pone en riesgo la vida se prueba la fe y la vocación misionera en zonas inhóspitas y alejadas de toda civilidad. Y es en ese momento que la confianza en la bondad de Dios ayuda a mantener la calma, sabiendo que estamos en sus manos. Sor María empezó a gritar: ¡María
Auxiliadora…! la voladora casi se volteaba, ella creyó que había llegado su fin, Monseñor
tocaba el agua con el hombro, él permaneció tranquilo, o al menos así le parecía
externamente, con los brazos cruzados. Ella no paraba de gritar; ¡María Auxiliadora! ¡si todavía hacemos falta, ayúdanos, sino haz lo que quieras y rápido! . De repente vino una ola tan fuerte que
suspendió la voladora, ella sintió que era el fin de sus vidas y pidió la
bendición a Monseñor. El motorista insistió en dar la cuerda del motor y en ese momento prendió de un
golpe, acelero tanto que creyó que iban a estrellarse. ¡No fue así!. Sor María lloró de
agradecimiento cuando vio que salían del atolladero.
Cuando se calmo le pregunto a Monseñor qué sentía en esos
momentos de peligros. Le responde: ¡NADA¡ ¡ Gracias a Dios y a María Auxiliadora todo pasó! Ese camino
no quiso pasarlo nunca más en barco, sobre todo con el río seco, entonces pasaba
por el monte.
En otra ocasión, que se dirigía a la comunidad de COROMOTO a pie, tropezó y se agarró de una rama de un árbol sin
darse cuenta que estaba un tremendo panal de avispas que le cayeron encima, ella no sabía cómo defenderse del ataque, pedía ayuda pero no había nadie cerca. Sólo Dios y las
avispas y ella. Siguió caminando hasta pasar el raudal, el motorista se asustó al
verle con el ojo cerrado y la cara picada por las avispas. Llego a la
comunidad "LENCHO" y casi no veía. Así siguió el viaje hasta "COROMOTO", trabajó un rato. Ellos le
pusieron su medicina tradicional, pero los efectos de las picadas de avispas
continuaron. Al regreso a casa tenia los dos ojos bien cerrados por los
parpados hinchados. Dicen que las avispas prevén y curan la artrosis y el
reumatismo, así que ella se siente vacunada, y da gracias a Dios por esta aventura.
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