domingo, 30 de diciembre de 2018


DEFENSORA DE LOS DERECHOS HUMANOS

A lo largo de estos años de estadía de Sor María Narisi por Venezuela, ha pasado por  diferentes comunidades en tierra de misión. Entre los años 1970 a 1980 estuvo en el Internado del Carmen en Ratón; De Isla Ratón  fue a la Esmeralda, otro municipio del Edo. Amazonas, hacia el alto del río Orinoco,  selva adentro, donde las Salesianas tenían una obra a favor de los indígenas que incluía el  internado, estuvo allí   desde 1980 hasta 1983.  Para 1983 regresa a Ratón hasta 1985.  En el año 1985, fue enviada a San Fernando de Atabapo hasta el 2006, año en que las hijas de María Auxiliadora, por falta de personal sierran su comunidad en Atabapo. 
De la estadía de Sor María en este Municipio del Estado Amazonas se cuenta innumerables anécdotas.
En San Fernando de Atabapo le costó mucho adaptarse, ya que hasta ahora en la casa donde había estado siempre  trabajó en los internados y todo lo que conlleva este tipo de obras Misioneras. Ahora debía trabajar en uno de los Municipios más activos por el número de habitantes, por el proceso de mestizaje violento que sufría, por lo que implica el paso activo entre frontera colombo-venezolana, Ya no había grupos étnicos  puros, casi todas las nuevas generaciones provenía de la unión de  indígenas y criollos (venezolanos o colombianos), o de los distintos grupos étnicos. Muy pocos conservaban su lengua, cultura o tradiciones. 
Esta nueva realidad no era  fácil para ella. Lo que hacía que se sintiera sola y fuera de lugar. El hecho que le diera el  trabajo más pesado, para ella fue su salvación. Le confiaron, nada más y nada menos que,  visitar y atender el trabajo Pastoral en las  comunidades Indígenas que estaban dentro de los límites de la parroquia de San Fernando de Atabapo. No le correspondería el casco de Atabapo, sino toda la periferia, comunidades algunas cerca otras muy distantes pero todas meritaban hacer uso de la voladora para poder llegar a ellas a través del río.   Debía estar casi toda la semana fuera, cada noche dormía en una comunidad distinta. 
Al principio tenía miedo. No solamente por lo novedoso y arriesgado de su labor, sino que debía suplir a Sor María Isabel Eguillor, Una excelente Misionera con estudios antropológicos,  ella, en cambio, no se sentía para nada preparada intelectualmente ya que solo poseía un "titulito"  traído de Italia de enfermera. Aunque estaba segura que Dios no se fija en eso.
         Empezó a detectar quienes podían ser líderes en la misma comunidad. Un día se encontró con la que fue religiosa, Margarita Zago, le contó su inquietud y le dijo que podía hablar con el Padre Toso, podía hacer una planificación para la formación de animadores de comunidad y catequistas. ¡Vio el  cielo abierto!. Al poco tiempo al darse la respuesta afirmativa empezó a invitar a varios jóvenes dispuestos a participar a los encuentros de formación que iban a empezar.
Así fue por varios años, el Padre Toso se trasladaba desde la Esmeralda, donde se encontraba,  hasta el caserío donde se iba reunir. Cada año en una comunidad distinta. Sor María califica estos primeros años de bellos, muy familiar y sencillos.
Cinco años después de haber iniciado este proceso de formación, empezaron a asistir, todos esos líderes,  a Puerto Ayacucho. Allí se dictaban talleres tres veces al año, coordinados por el Padre Félix Moretto (Pro vicario),  y Sor Esperanza García (FMA) hermana de congregación de las Hijas de María Auxiliadora.
Para ese entonces contaba con 35 catequistas entre todos los caseríos que  ella visitaba. Eran laicos comprometidos con sus comunidades, trabajan solos a tal punto que ya no hizo falta que se quedase por las noches como al principio. Al tener más tiempo libre, empezó a atender a los visitantes de las distintas comunidades que venían al pueblo de Atabapo, en busca de provisiones o por algún trámite legal en vista que Atabapo contaba con todos los servicios   administrativos propio de  una capital, como son las alcaldía. Se concentraba la actividad burocrática administrativa y  Registros. Esto hacía que fuera un pueblo muy concurrido por contar con servicios  hospitalarios, Registro Principal, Juzgado, Alcaldía, Comando de la Guardia Nacional, Polideportivos, casa de la Cultura, escuelas, Liceos, internados. Parroquia... y la mayoría de la gente que venía de las distintas comunidades sufría muchas penurias e injusticias por los agentes Gubernamentales.
Un día, un policía asesinó a una muchacha de quince años subiendo la escalera de la prefectura. Sor María fue testigo del hecho ya que en ese momento ella  se encontraba en la plaza. El policía estaba desesperado y la muchacha, era conocida de Sor María ya que pertenecía al grupo juvenil que llevaban las hermanas de la comunidad, Laura Vicuña. Citaron a Sor María en calidad de testigo ante la fiscalía. Ella, conversó sobre el tema con el Vicario Apostólico de Puerto Ayacucho, Monseñor Velasco, (1994 - 1996) y con el abogado de los derechos humanos del Vicariato. Le dieron un carnet como coordinadora de los derechos humanos en San Fernando de Atabapo,  al menos para pedir explicaciones. Poco a poco se  unieron otros miembros y formaron  un grupo de maestros y voluntarios. Desde Puerto Ayacucho venían periódicamente los abogados para prepararlos en la defensa de los Derechos Humanos, en todo lo concerniente a los procedimientos legales, proporcionando herramientas para argumentar la defensa. Ahora con la ley en mano estaban  dispuestos a dar la cara por la defensa de los indefensos.
     El acto de entrega de las credenciales fue en presencia de autoridades en la plaza Bolívar.

viernes, 28 de diciembre de 2018

SU DISPONIBILIDAD COMO ENFERMERA

     En el estado Amazonas, y hoy en día en toda Venezuela,  el sistema de salud es muy precario. Entre la selva, lejos de las estructuras modernas, sin provisiones de medicinas añadiendo a todo esto  la falta de personal calificado, colocado a este lugar del país entre los últimos en la escala de beneficios y atención médica

      Cuantas veces pasando al lado de las internas se les notaba en el rostro alguna afectación de salud, al tocarla estaban prendida en fiebre, sin embargo,  ellas seguían con su trabajo,  o con sus clase sin quejarse… Las hermanas tenían que obligarlas a acostarse y tomar las medicinas.
     En sus inicios, cuando se abrió el internado en Isla Ratón, no había  médico ni medicinas. Gracias al Padre Hernán Fedderma y a su esfuerzo haciendo solicitud  continuamente y pidiendo  colaboración a benefactores  holandeses, quienes les mandaban medicinas desde Holanda, recibían remesa para medio asistir las emergencias en el internado y comunidades aledañas. La misión era todo para los indígenas.  En varias oportunidades le correspondió a Sor Maria Narisis, como enfermera, atender casos muy delicados. 
     Entre los hechos que narraba se encuentra lo ocurrido a un indígena de una comunidad Piaroa con un pé, cuyo talón estaba colgado. El Padre Hernán, se percató de la situación y mando a llamar a Sor Maria para atenderlo. Era de noche y en la Isla no se contaba con el servicio de luz eléctrica, con una lámpara de kerosén hubo que arreglárselas.. Cuando le vió el pié se asustó, ellos caminan descalzos y tenía la piel sumamente dura, además la herida era de hace tres días. ¿Qué hacer?. Y aquí,  solicitar el auxilio del que todo lo puede, solo le pidió a Dios: "¡Señor ayúdame, no puedo dejarlo ir así!" y como pudo lo lavó y empezó a desinfectarlo, quiso ponerle anestesia para que no le doliera, pero era tan dura la piel  que la aguja no entraba. Con mucho esfuerzo,  y con la fe puesta en Dios, logró  darle veinte puntos y pudo ponerle el talón a su puesto. El hombre permanecía  tranquilo,  no se quejó y al finalizar la sutura dijo que estaba bien.  Al día siguiente fue, Sor María a verlo y no lo encontró. El Padre Hernán, tampoco sabia nada de su paradero, lo buscaron por toda la comunidad y no dieron con él. Al ver que había desaparecido solo lo encomendaron a Dios en las oraciones comunitarias pidiéndole que lo ayudara a que no se le infecte la sutura. Después de unos días les preguntaron a unas niñas internas que regresaban de su caserío por el señor, y le contaron que se estaba en la comunidad, caminando tranquilo. ¿Y los puntos? Se le quedaron. No lo vio  nunca más. Así eran  ellos, acuden a la misión cuando necesitan, porque saben que aquí pueden encontrar ayuda, luego siguen su camino.
    Sor Maria siempre decía  ¡Que valiente y sufrida es la gente indígena!. 
    En otra oportunidad, contaba Sor Maria, venía una familia a traer a su hija mayor que estudiaba el internado de las hermanas y que pertenecía a la comunidad de Caño Grulla (Etnia Piaroa).  La mamá estaba encinta, en el camino siente los dolores de parto y el motorista tuvo que parar el barco para atenderla. Ella se va detrás de un árbol y da a luz una niña preciosa, se embarca otra vez y sigue camino rumbo la misión.  La hija,  no más llegar,  les dice a las hermanas de la Misión que tiene una nueva hermanita recién nacida. A la niña ni siquiera la habían  limpiado. La Directora,  Sor Inés Molina, apenas la vio,   fue enseguida a hervir agua para bañarla y vestirle, y atender a la mamá. Mientras buscaban los insumos para la cura del ombligo y la ropita. ¡Cuál sería la sorpresa!  cuando tenía todo listo, y se acercaron donde les habían dejado, no encontramos a nadie.  Al rato llegaron bien bañadas del río tanto la mamá como la recién nacida.  Así es la vida de los indígenas y Dios los ayuda. Ellos acuden a la misión solo cuando ven que la cosa no va bien, sino, se las arreglan solos.
     De las cosas que admiraba Sor María de los indígenas era su maravillosa manera de solidarizarse. Le parecía simpática e increíble la cultura de la gente Guahiba de la comunidad Sabanista.  Entre las tantas veces que fue a visitarlos, un día oyó a un hombre que estaba en el chinchorro quejándose como si tuviera dolor, al preguntarle por qué se quejaba, él no respondió. La gente de la comunidad le contaron con total naturalidad a  Sor María, que la mujer estaba pariendo y él la ayudaba  asumiendo los dolores. Ella calificaba como un gesto bello esa manera de solidaridad y de  compartir, aunque,  según nuestra cultura  parezca absurdo. Ellos tienen su modo de vida, su mundo. A nosotros nos corresponde, conocerlo, valorarlo y  respetarlo.
     Otro hecho que contaba y que,  Sor María, calificó de muy delicado,  fue durante el parto de la señora Pónare. Ella  dio a luz una niña como a las dos de la tarde. A las seis de la misma tarde vino la señora Crispina a llamar  a Sor María, ella hacía de comadrona.  Crispina le consultaba qué podía hacer ya que la placenta no quería salir. Sor Maria le Pregunto si ya cortaron el cordón umbilical y sacaron la niña, contesta que no,  porque no tiene como hacerlo. Sor  le da  un material esterilizado para eso y le recomienda que corte el ombligo y salve la niña. Sor María, por respeto a su cultura, no fue al lugar, no se atrevía a ir porque si la paciente no llama se cierra y es peor. Sor se quedó muy preocupada, estaba inquieta, con gusto hubiera ido y hubiera estado allí. Sor Enriqueta, la Inspectora, que se encontraba de visita en la comunidad de las Salesianas, al darse cuenta de su angustia le pregunta qué pasa, ella le cuenta y la superiora la anima a ir, no se puede dejar morir a una persona y acompaña a Sor María al lugar donde se encontraba la parturienta. Que tristeza le dio ver a la señora acostada en el suelo y la niña todavía pegada al cordón de la placenta (Ellas, las indígenas, no acostumbran a cortar el cordón sin que saliese primero la placenta). Sor María, con cariño y decisión procedió  a sacar la niña que estaba helada, no tenían ni un trapo para cubrirla, volvió corriendo a la casa y busco una ropita y cobija, la envolvió  y la entregó a la hermana mayor para que la calentara. Luego se ocupó de la señora que ya no tenía fuerzas, eran tantas horas en esa angustia… Le tomo la presión y se dio cuenta que la tenia baja. Sabia que no tenían  suero para ponerle y era ya oscuro,  de noche, ¿Qué hacer? . Invocando, como de costumbre, a la Virgen María dijo: "¡María Auxiliadora, Madre, ayúdanos!".  Se puso en camino presurosa hacia la guardia nacional que siempre cuentan con los medios disponibles de comunicación y transporte para que colaboraran a salvar una vida. Aceptaron y la llevaron al hospital de Puerto Ayacucho, capital del Estado Amazonas. Al primer suero que se le puso la placenta salió. Un poco de descanso y todo pasó. Se salvaron la mamá y la niña. Sor siempre decía: ¡Gracias a nuestra Madre del Cielo que vela por sus hijos!.
     Cuantas personas llegaban a cada rato mordidos de culebras, o de perros y otros bichos del monte. El enfermero del pueblo no tenía experiencia y le mandaba a llamar para que les atendiera inyectándoles el suero antiofídico y realizarles  las curas a los pacientes. Trabajaban  unidos y ayudaban a todo aquel que acudía en busca de atención. Esa fue una experiencia hermosa que siempre recordó con mucho cariño agradecimiento.  

jueves, 27 de diciembre de 2018

GESTOS QUE LA FUERON  ENAMORANDO
     La mayoría de las  comunidades indígenas del Estado Amazonas se encuentran a orillas de los ríos y en medio de la selva. Se cuentan mas de  25 grupos aborígenes , algunas con muy pocos sobrevivientes pero otras bastante numerosas y con muchas necesidades. Son los grupos venezolanos mas olvidados de los beneficios del estado, solamente tenidos en cuenta para eventos electorales o si se les necesita por publicidad, por el resto de tiempo son la población mas vulnerable y desasistida del país y del mundo.

     La única vía de comunicación son los ríos, y los medios de trasporte es todo lo que lo navegables, de allí la necesidad de la gasolina para el uso de los motores y facilitar la comunicación. Por medio de él se provee de lo básico en especial de alimentos para sus pobladores. En los ríos pasan muchas cosas y hay que estar prevenidos y dispuestos a lo que sea.
    Un 31 de enero, fiesta de San Juan Bosco, fue Sor María , como de costumbre, a la Comunidad de Santa Rosa del Orinoco donde tenían  actividades celebrativas en honor al Santo ese día. Esta vez salio con una muchacha interna Guahiba,  en vista que la comunidad Santa Rosa es de esta etnia. 
   Salio  de casa con el tiempo regular, antes de llegar a la comunidad les sobrevino una tremenda marejada que hizo que se les llenara el barco en el que de agua. Sor María no veía el peligro, la muchacha, experta conocedora del río,  le ordenaba que se levantara, y en lugar de ponerse el salvavidas que tenía en la mano, lo tiró al monte. La chica le dio  un empujón y la saco fuera, al momento el barco desapareció con el motor bajo el agua. Subieron a un montecito de la orilla y ahí se quedaron casi toda la mañana. A cada rato una oleada de agua se llevaba un pedazo de tierra y ellas daban  un paso atrás y así a cada momento. No pudieron avisar a la comunidad de Santa Rosa porque no pasaba ni alma viva, imposible navegar con ese río. Hacia las 12:30 pm,   ya cansadas, Sor María exclamó a Don Bosco: "¿Qué pasa? ¿Nos tienes que tener aquí todo el día? ¡Ya está bien, ayúdanos!."  ¡Increíble!, al ratito vio venir unos pescadores conocedores del río, los llamaron  para que las auxiliaran. Generosamente se lanzaron al agua y pudieron sacar el motor, tuvieron que pedir un barco más grande ya que el suyo era muy peligroso. Así pudieron  regresar a casa cansadas pero a salvo de la gran aventura, agradecidas a Dios y a Don Bosco que no abandonan a sus hijos y a esos señores que les ayudaron en el momento de gran emergencia. 


    Estas experiencias entre los pueblos indígenas le fueron dando una visión completa y hasta ahora desconocida del modo de vida de estos pueblos.  Los indígenas tienen fama de muchas cosas negativas. Sin embargo conociendo  su cultura, son más bien fieles, sencillos, acogedores. Sor María decía que en todos los años en medio de esta bella gente no ha encontrado nada que sea completamente negativo. Ella aprendió a quererlos y a valorarlos mucho. 
     Siempre contaba de un hecho en particular que la conmovió. Se trataba de la señora Josefa, una mujer que fue abandonada por el marido porque no podía tener hijos. Para su cultura esto es un castigo. La señora Josefa quería mucho a su marido, pero,  fiel a su cultura acepto la separación. Él se junto con otra  (que era hermana de la señora Josefa) la cual le dio seis hijos, casi uno cada año. Al nacer  Josefina,  la última, la mamá murió en el parto. El papá se quedó con todos los pequeños una era recién nacida. Hubo quien quiso adoptar a la pequeña,  para ayudar en la carga familiar, pero no él no aceptó. La señora Josefa (primera mujer y hermana de la difunta) se le presentó y se le puso a la orden, ella se se ofreció para hacerse cargo del cuidado de los niños y él. El hombre accedió y fue una familia ejemplar.  
     A pesar de todo fue más que mamá y esposa, fiel y generosa. ¡Qué gesto tan bello y lleno de amor! decía Sor Maria, ¿Esto pasa entre la gente que se llama civilizada?

martes, 25 de diciembre de 2018


EN EL INTERNADO
      Cuando se tiene contacto con un ser tan especial como Sor María Narisis, una "monjita" tan dada y servicial, no se puede menos que contar y compartir esa vida con los demás. En esas largas jornadas de visitas a las distintas comunidades indígenas que hacíamos en Atabapo (Amazonas), no solamente con el fin de evangelizarlos, sino, y sobre todo, para promoverlos y defenderlos de los depredadores, en todo el sentido de la palabra, eran muchas las historias, cuentos, anécdotas que compartía Sor María, algunas graciosas, otras curiosas o tristes. 
     Contaba, por ejemplo, acerca de su experiencia  con las internas, varias cosas interesantes, típicas de sus costumbres y de su modo de ver las cosas desde su mundo mágico religiosa impregnado de significado. 
     Aunque tenían amistad con las internas y las conocían bien, una cosa era tratarlas de día y otra muy distinta por las noche. Las indígenas tienen miedo de su “alma sombra”, por lo que no le permitían a las asistentes levantarse  y acercárseles si estas notábamos alguna cosa insólita o extraña. A veces se las  oía llorar y por respeto a sus creencias no podía levantarse a ver qué pasaba, tenían que recurrir a otra muchacha, una especie de interprete, otra interna que hablase su lengua y dominase el castellano,  para averiguar qué pasaba. En caso de que se sintiesen mal o enfermas debían pedirles permiso para ver si podían ir a darle un remedio, si decían que si,  se levantaba la asistente,  y si la respuesta era no, debían respetar esa decisión y aguantar toda la noche el llanto. Poco a poco se les fue pasando esa costumbre, pero era un proceso lento de respeto a la cultura que debían hacer para ganarse la confianza y así posibilidad de acercarse. 
     Un día se murió la mamá de una interna de la etnia guahiba, ellas creen en la reencarnación. Sor María vio como, en el almuerzo, el gato se le sube a la mesa y come en su plato sin que ella lo espante. Sor María, como buena enfermera,  le grito que sacara al gato ya que contagia y transmite enfermedades, la indígena siguió tranquila,  la mira y no hizo caso al llamado de atención. 
     En otra oportunidad, con la misma muchacha, esta vez de noche,  sintieron gritos en el dormitorio, menos mal que eran tiempos de vacaciones y habían pocas internas, las que se quedaban tenían motivos de fuerza mayor, en ese caso porque tuvo problema con su padrastro.  Al oír el grito se  levantaron y notaron como esta joven miraba fijo debajo de la hamaca donde dormía Sor María,  diciendo que vio a su mamá introducirse en el gato, que estaba bajo la hamaca metiéndose en la persona de Sor María. No fue fácil manejar la situación,  costó muchísimo tranquilizarla. Desde ese día Griselda, la joven indígena,  seguía a Sor María como si fuese su mamá. Y por mucho tiempo, aun siendo mayor, cuando la encontraba en Puerto Ayacucho, donde vive con sus hijos, corre y abraza a Sor María pidiendo la bendición, en gesto filial.

sábado, 22 de diciembre de 2018


¡SUS PRIMERAS AVENTURAS!

Sor María Narisi llega a Venezuela en 1970,  la comunidad que la recibe es Isla Ratón, Estado Amazonas, donde permanece por más de  once años. De allí pasa a la Esmeralda, Orinoco arriba, en  1981 perdurando por tres años. En 1984 es enviada nuevamente a Ratón y en 1986 la obediencia la lleva a Atabapo por casi 21 años. En el 2006  cierran la comunidad de hermana de  Atabapo y desde esa fecha hasta el 2018, estuvo en Ratón, cuando por razones de salud y la avanzada edad ya no le permitía seguir ofreciendo si servicio a los nativos amazonenses y hubo la necesidad de recibir cuidados especiales en una casa para ancianas que las Hijas de Maria Auxiliadora  tienen en Caracas.

 Empezó su  experiencia en el internado “NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN” en  ISLA DEL RATÓN, en 1970. Se trataba de una nueva fundación de las Salesianas en tierra de misión. Allí fue la encargada de las internas y de las comunidades indígenas. De ese inicio decía: "¡Qué bello es trabajar con la gente sencilla y pobre!"
     Al principio eran recibidas como cosa rara, las tocaban por todas partes a ver si éramos personas o fantasmas. Fue un momento muy fuerte. Era  experimentar en carne propia la extrañase de su existencia, de sus características, del color de su piel, del tono de la voz y la pronunciación de las palabras, de su cultura, de su creencia.
    La Directora, Sor Inés Molina, le recomendó que si quería ganarme la gente que se dejara tocar; así fue, poco a poco empezaron a conocerla, a tenerle confianza y a trabajar junto a ella. A medida que el tiempo pasaba disminuía la practica de levantarles el hábito para ver cuántas cosas llevaban para cubrirse, mientras ellas, las indígenas, no usaban casi nada. Era normal y justificable que les llamara la atención esas costumbres foráneas.
     En las comunidades aledañas donde vivian familias enteras de indígenas empezaron las religiosas a dictar cursos de promoción auto gestionaría con la ayuda de Vicariato de Puerto Ayacucho, quien para ese entonces estaba bajo la responsabilidad de Monseñor Ceccarelli.
    En la comunidad de  Coromoto Cuao empezó Sor María,  una experiencia muy bonita en corte y costura, tejido de chinchorros y hamacas. Las participantes aprendieron rápido y llegaron a tener un fondo económico, jamás antes visto. Se sentían orgullosas de sus logros a tal punto que invitaron a Monseñor Ceccarelli para su Comunidad. Los indígenas mostraron  su gratitud por la presencia de las hermanas y la enseñanza que Sor María les había dado,  presentándole varios juegos de su cultura originaria y todos los trabajos que estaban haciendo. Monseñor los felicitó y animó para que siguieran adelante.
     Al regresar de ese encuentro, en el raudal,  se les averió  el motor. El río estaba furioso, en el poco espacio que quedaba entre piedra y piedra se encasquetó la voladora, el motor no quiso prender.  En esos momentos en los que se pone en riesgo la vida se prueba la fe y la vocación misionera en zonas inhóspitas y alejadas de toda civilidad. Y es en ese momento que la  confianza en la bondad de Dios ayuda a mantener la calma, sabiendo que estamos en sus manos. Sor María empezó a gritar: ¡María Auxiliadora…! la voladora casi se volteaba, ella creyó  que había llegado su fin, Monseñor tocaba el agua con el hombro, él permaneció tranquilo, o al menos así le parecía externamente,  con los brazos cruzados. Ella no paraba de gritar; ¡María Auxiliadora! ¡si todavía hacemos falta, ayúdanos, sino haz lo que quieras y rápido! . De repente vino una ola tan fuerte que suspendió la voladora, ella sintió que era el fin de sus vidas y pidió  la bendición a Monseñor. El motorista insistió en dar la cuerda del motor y  en ese momento prendió de un golpe, acelero tanto que creyó que iban a estrellarse. ¡No fue así!. Sor María lloró de agradecimiento cuando vio que salían del atolladero.
Cuando se calmo le pregunto a Monseñor qué sentía en esos momentos de peligros. Le responde: ¡NADA¡ ¡ Gracias a Dios  y a María Auxiliadora todo pasó! Ese camino no quiso pasarlo nunca más en barco, sobre todo con el río seco, entonces pasaba por el monte.
     En otra ocasión, que se dirigía a la comunidad de COROMOTO a pie,  tropezó  y se agarró de una rama de un árbol sin darse cuenta que estaba un tremendo panal de avispas que le cayeron encima, ella no sabía cómo defenderse del ataque, pedía ayuda pero no había nadie cerca. Sólo  Dios y las avispas y ella. Siguió  caminando hasta pasar el raudal, el motorista se asustó al verle con el ojo cerrado y la cara picada por las avispas. Llego a la comunidad "LENCHO" y casi no veía. Así siguió el viaje  hasta "COROMOTO", trabajó un rato. Ellos le pusieron su medicina tradicional, pero los efectos de las picadas de avispas continuaron. Al regreso a casa tenia los dos ojos bien cerrados por los parpados hinchados. Dicen que las avispas prevén y curan la artrosis y el reumatismo, así que ella se siente vacunada,  y da gracias a Dios por esta aventura.

viernes, 21 de diciembre de 2018




Sor María Narisis FMA


SUS RAÍCES

Cada uno tiene un origen, una familia, ese entorno que sienta las bases de la personalidad, fuente en el cual se aprenden los valores y las actitudes ante la vida.
María Narisis, nació  Sicilia, al Sur de Italia,  el 13 mayo del 1934,  día que para la iglesia esta revestido de festividad mariana al celebrarse la aparición de la Virgen de Fátima,  hija de Ignazina Marsala y Nicoló Narisi, a los cuales recordaba con mucho amor, nostalgia y agradecimiento. Su mamá,  un alma de Dios, de comunión diaria,  llegó a decir: “El día que no pueda ir a Misa y comulgar, será el día más triste de mi vida, me parecerá un día interminable”. Doña Ignazina era una mujer sensible a las necesidades de los demás, siempre pronta a socorrerlas.
De niña, María Narisis, veía a su madre muchas veces salir a visitar al necesitado, luego ir de casa en casa para pedir ayuda y llevárselo. Estas imágenes se fueron metiendo en lo más profundo de su ser y fueron determinante en la forma de vivir su vocación y su entrega a Dios. De su madre contaba una anécdota que la marcó profundamente: “Yo conocí a un señor que lloraba recordando a mamá. Dice que le debe la vida ya que vivía solo y estaba tuberculoso, en aquel entonces  esa era una enfermedad grave y contagiosa, mamá no tenía miedo e hizo todo lo posible para curarlo”.
El papá de Sor María Narisi, fundó la acción católica masculina. Durante las noches inventaba la forma de mantener a los jóvenes entretenidos y divertidos en la sede del Santuario de la Providencia (Sicilia).
La infancia de Sor María Narisi fue feliz, a pesar de que le tocó vivir tiempo de guerra. Su papá fue nombrado juez de paz. Ella lo recuerda salir en las noches con una insignia en el brazo que le daba seguridad de circular a cualquier hora en busca de los que sabía, no podían llegar a su casa a una cierta hora. “No media peligro con tal de salvar a los que corrían  peligro. A cuanta gente sacó de la cárcel con tan solo hablar con el comandante. Los presos con solo oír la voz de don Nicoló decían: ¡preparémonos a salir! Y así era. Después los reunía, les daba charlas formativas, recomendaciones y algunos consejos para que se portaran bien y cambiaran de conducta. Muchísimos le hicieron caso y lograron ser buenos ciudadanos y agradecidos". 
Ella nos cuenta que su padre tuvo muchas ocasiones para hacerse rico con sólo poner una firma a alguno sin conciencia que quería pasar un contrabando, pero él no cedió. Con una mirada fulminante, les intimidaba y le hacía entender que no accedería a tales prerrogativas.
Su lema era “Pobre nací y pobre quiero morir, trabajo y salud son nuestras riquezas, demos gracias a Dios”
Cuenta Sor María Narisi un episodio narrado por su padre y con la cual les inculcaba tener fe, amor y confianza en la Virgen María. “Mi padre, cuando prestaba servicio militar, al inicio de la II guerra mundial, le toco estar en una zona de mucho frío a tal punto que se le congelaron las piernas y el diagnóstico médico fue amputárselas. Él se encomendó a la Virgen con mucha confianza. Una enfermera se le acercó y le dio ánimo, ella misma se comprometió a cuidarlo. Lo cambió de sitio y lo cuidó con mucha delicadez. Empezó a hacerle masajes, ponerle agua caliente, logró que la sangre empezaba a circular. El día destinado a la imputación, el médico quedó sorprendido y quiso saber que había hecho para la mejoría de las piernas. Papá no pudo contestarle porque no sabía el nombre de la enfermera, ella nunca se lo dijo y ahora no aparecía, no pudo ni siquiera agradecerle. La recordaba como la milagrosa. La virgen era el amor de su vida".

domingo, 16 de diciembre de 2018





LAS COMUNIDADES INDÍGENAS DE CERCA
Luego de un año en la comunidad de San Fernando de Atabapo, decidí acompañar a Sor Maria Narisi a las comunidades indígenas que les correspondía atender pastoralmente y que ella todos los fines de semana visitaba. Mi función era acompañarla, animar a la comunidad con cantos y dinámicas, atender la catequesis entre los niños, jóvenes y adultos y colaborar en la formación de los catequistas y maestros. Claro esto, en tan poco tiempo, era imposible, por ello la mayor de las veces solamente acompañaba.
A cada comunidad que visitábamos en nuestros recorridos, unas veces al sur otras al norte, encontrábamos problemas de todo tipo y todos los habitantes sean creyentes o no, venezolanos o extranjero,  acudían a Sor María a contarle y a solicitarles ayuda, ella a cada uno oía y atendía.  Con algunos asumía compromisos de defensa de sus derechos. Se ponía a su lado y les sugería  qué hacer,  lo que más me llamaba la atención era que a todos escuchaba y daba respuesta. Lo hacía con un cariño y una cercanía antes nunca visto por mí. Cuando llegábamos  a Atabapo, cansadas de un recorrido lleno de incomodidades por el río, con fuerte sol,  o lluvia, o marejada, sin la comodidad de la propia habitación y de una comida sana, ya que llevábamos enlatados para comer, lo más fácil de manipular en esos casos. Los indígenas no tienen para ofrecer al visitante alimento, cuando el río les provee pescado alcanza para darle de comer a su gente, imaginarse ir a ser una boca más para ellos. Esto, ella lo sabía, por ello no representó nunca un peso, se podría decir que daba sin esperar nada a cambio. Es cierto que ellos cuando tenían le ofrecían, ella les aceptaba y en oportunidades les compraba, por ejemplo casabe o mañoco. Lo que siempre nos podían ofrecer y nosotras aceptábamos gustosas era una buena Yucuta, bebida típica con agua y mañoco que calmaba la sed y refrescaba del calor.
En varias oportunidades, sabiendo lo duro que había sido el viaje, y sacando por mi misma y por lo cansada que yo estaba sabía que debía estarlo; viendo como la rodeaban apenas pisaba puerto en Atabapo, como la seguían como hormigas hasta la casa, viéndola atendiéndolos hasta anochecer sin haberse cambiado del viaje, sin siquiera haber ido al baño…  Yo le decía: ¡Sor! No vale la pena. Diles que no puedes ayudarles, que estas cansada, que vengan otro día. Esta gente no te lo va a agradecer, mira los de las comunidades, vienen  a Atabapo  y ¿qué hacen? Se gastan lo que tienen en alcohol, se emborrachan y botan lo poco que ganan y no ayudan a sus familiares que los esperan en casa, especialmente los pequeños.
Siempre, para cada premisa mía ella tenía una respuesta. Para esto estoy aquí, para servirles, si puedo ayudarles u orientarlos porque no hacerlo, como van a venir otro día tú sabes lo que este pobre hombre ha tenido que hacer para llegar hasta aquí, con lo lejos que vive y lo pobre que es,  me respondía que ella lo hacía para que se lo agradecieran sino  porque era  su misión. Esta pobre gente no tiene culpa, es su ambiente, así lo hacen y así lo seguirán haciendo,  Dios, si reconoce y ve todo,  y poco a poco cada uno va haciendo delante de él lo que cree, estamos seguros de que Dios les ama igual y estamos aquí para darlo a conocer.
Verdaderamente compartir estos días con Sor María Narisi fue una escuela de experiencia Cristiana concreta
Algunos fines de semana visitábamos las comunidades del Orinoco arriba o subiendo hasta llegar a San Pedro; otras veces Orinoco bajando hasta llegar a Macuruco y Guarinuma. En cada comunidad que visitábamos había un representante de esta o líder que acudía a recibirla, Alguno de ellos eran maestros, o catequistas, otros los comisarios o algún ex alumno, lo cierto es que por doquiera íbamos y visitábamos la conocían. Era famosa entre los niños, a los que siempre les llevaba un caramelito.
Las mujeres de las comunidades eran atendidas de manera muy especial por Sor María Narisis, les llevaba telas, hilos , agujas…salíamos de cada comunidad con encargos y peticiones y a todas las satisfacía. Llegamos con los encargos de las visitas anteriores y respuestas a sus peticiones, no se le olvidaba nada aunque tardara por pasar a esa comunidad más de tres meses según las condiciones del río o circunstancias de la cotidianidad no sé cómo se recordaba de todo lo que le pedían…






Por medio de este espacio, mi primer blogger, me gustaría hacer remembranza de una gran mujer, una religiosa entregada al servicio de los jóvenes mas pobres. Su nombre Sor María Narisi, en la comunidad de religiosa, a simple vista no se sabía cuál era su función. Se distinguía por su variado ritmo, siempre caminando y de una forma rápida, pero perennemente rodeada de gente que solicitaba de ella algún favor, como si estuviese resolviendo simultáneamente un sinfín de cosas. Desde que se levantaba no se la veía quieta. Se alzaba de la mesa en el desayuno, terminaba el ultimo bocado andando; se escuchaba gente que la requerían, que la llamaban fuerte si no la veían salir. Entraba y salía de casa frecuentemente. 
Vivió su vocación misionera entre los indígenas venezolanos del Amazonas, y es allí donde tuve contacto con ella. Su historia es una lección de vida hoy, muy especialmente en las circunstancias que atraviesa el país en estas primeras décadas  del siglo XXI.
Iré presentando episodios,   anécdotas de mi experiencia al lado de esta gran maestra del servicio y de entrega a los mas necesitados.