martes, 29 de enero de 2019


ANTE LOS CONSTANTES  ABUSOS, FIRMEZA EN LA DEFENSA
    Los que ostentan el poder militar en Venezuela, especialmente en territorio indígena,  actúan, con mucha frecuencia,  de forma arbitraria contra  los ciudadanos y sin el debido respeto a sus derechos.  Cuando La Guardia Nacional venezolana  se fijaba en un punto, o en una persona no había manera de hacerles entender que era errada esa postura, la única forma que “dieran su brazo a torcer”   era aplicando una fuerza mayor a ellos como, por ejemplo, hacer valer las normativas por encima de la propia  constitución, que en materia de derechos humanos, había en favor de los aborígenes.  Es por ello que la presencia de Sor María Narisis representaba una gran molestia, ella, con su hábito de religiosa salesiana y con el carnet que la acreditaba como miembro activo del comité en defensa de los indígena, sumado a su aplomo y firmeza a favor de los desposeídos representaba “una pidrieta en el zapato” en contra de sus actuaciones desproporcionadas y fuera de toda legalidad.
     La Guardia Nacional tenía sus puntos de control fronterizo en Atabapo, toda esa zona contiene en su subsuelo riqueza minera que desde siempre había sido explotada de forma artesanal por los indígenas, poco a poco el trabajo de las minas fue atrayendo gente de otros lugares que ilegalmente entraban y extraían ese material haciendo uso de los indígenas como empleados y pagándoselos por esa labor con artículos que eran de difícil acceso en la selva Amazónica. La Guardia les tenía en la mira, por ello que a todos los que pasaban por el comando de Santa Bárbara, según ellos, venían de la mina y les revisaban todo y hasta lo despojaban de sus pertenencias.
Hechos que demuestren lo que decimos en relación a la actuación indebida de la Guardia Nacional Venezolana hay muchos, y aquí narraremos algunos de los cuales fuimos testigos estando en Atabapo. Uno de esto, es el caso de un señor de la comunidad de Magua etnia Puinabe que estaba pescando un poco más arriba del comando. En la tarde el pescador pasa por ahí, lo revisan, y como no tenía oro le quitan no solo el pescado, que se lo echaron a perder por dejarlo al sol, sino también la malla que es lo único que tiene para trabajar y poder comer él y su familia. El señor se defiende pero no le hacen caso. La mujer que es más espabilada que él fue a poner la denuncia ante Sor María. El comité se activó y empezaron la averiguación Sor María misma habló con el teniente el cual le responde que la malla estaba en Atabapo, en el comando, en manos del Comandante.
En realidad, conociéndolos como los conocía, ella no les creyó, sin embargo se dirigió a  hablar con el comandante y éste le dijo que no tenía conocimiento de eso y  mandó a llamar al teniente. Tanto insistió que, el teniente,  tuvo que pagar el costo de la malla. En la tarde se acercó  sumiso y le trajo el dinero diciendo a Sor María: “hermana no se encuentra la malla de la señora, toma la plata para comprarla”. Así fue, la señora contenta porque tenía malla nueva. Y él,  humillado por la mentira que dijo, ya que posteriormente se supo  que había vendido la malla.
     Otro caso, en el mismo comando y con el mismo teniente, pero esta vez  las victimas pertenecían a la comunidad Yapacana de la etnia Piaroa. Una señora fue trasladada a Macuruco por presentar hemorragia y riesgo de aborto. El enfermero no tenía como auxiliarla, así que le coloca un suero y la traslada al ambulatorio de Atabapo. Al pasar por el comando se produjo otro altercado ya que para el teniente  todo era una farsa, para él la señora no estaba enferma. Para él la señora viene de la mina y quiere pasar inadvertida de forma camuflada sin pasar por la revisión acusando al enfermero de complicidad. Se dirige a enfermero l diciéndole: “dele veneno para que se muera y no alcahuetee a los indios”. El enfermero responde que él no está para matar  a la gente sino para salvar vidas. Les  costó muchísimo tiempo pasar del puesto de comando al ambulatorio. Al regreso, como no logró detener a la enferma, detuvo toda la noche al enfermero el cual tuvo que dormir en el río.
Al recibir la denuncia, Sor María  se dirigió a conversar  con el teniente,   el cual se declaraba muy amigo de ella  y cada vez que la encontraba le pedía la bendición y hasta que ella no se la daba, no se retiraba. Al presentarse delante de él con este reclamo le dijo: “¡Dios te bendiga!”,  Pero esta vez  le dejó bien claro: “Mira teniente,  es inútil que yo le dé la bendición. Si te portas bien con la gente, que son nuestros hermanos, Dios te bendice con creces. Yo puedo darte todas las bendiciones del mundo,  pero si no te portas bien no te llegan. Así que ¡ponte las pilas! Lo siento pero la denuncia esta puesta. Tú eres mi amigo, pero lo que hiciste no es correcto”
De hecho lo cambiaron enseguida. Siguieron  siendo amigos pero, desde lejos.
     Para Sor María no había días tranquilos, cada jornada se encontraba con una novedad. La que narramos esta vez suena increíble, pero fue cierta. Un joven estudiante pasó toda la noche pescando, por la mañanita lo encuentra un guardia nacional y le pide que colabore con ellos regalándole 16 bocones (pescado grande y sabroso) el joven se niega, dice que puede darle 5 o 6,  más de eso,  no puede, ya que tiene familia y está estudiando y necesita ayudarse. El guardia, a sabiendas que el muchacho no estaba obligado a darle nada, y aceptar lo que este le ofrece ante su extorción, lo lleva al comando y le decomisa el pescado. La familia se dirigió a la única persona que podía enfrentar a la guardia y ayudar al joven. van ante Sor María y le exponen el caso. Ella, los escucha y va con ellos al comando. El teniente en primer momento lo niega y dice que ahí no había nadie detenido. Ella, con toda clama le respondo: “O Usted arregla eso, lo más rápido posible y deja ir al joven con todo su pescado sin que le falte uno o eso lo arreglo en Puerto Ayacucho”,  El guardia la mira y se va diciendo en voz alta: “la monja, mandara en su  casa y yo mando aquí” en seguida los presentes se lo fueron a decir. Al rato el mismo teniente la mandó a llamar, ella con la misma calma le respondió al emisario: “dile a tu teniente, ¡que él manda en el comando y yo mando en mi casa!, si quiere hablar conmigo sabe dónde vivo”. Menos de un cuarto de hora llegó la familia del joven diciendo que le dejaron ir con todo su pescado. Ella cerraba esta anécdota diciendo: “Si quiero ser sincera a veces me cuesta imponerme, pero tengo que hacerlo, no puedo tolerar que abusen de mis hermanos. No es de extrañar que si hay una pequeña revuelta el primer tiro sería  para mí. Por ser, como dicen ellos ¡Sor piedrita que molesta!”.   



sábado, 19 de enero de 2019




¡INOCENTE! HASTA QUE SE DEMUESTRE LO CONTRARIO

     Otra de las intervenciones en favor de la justicia y la verdad está relacionada con el caso de un joven indígena de la etnia Piaroa.
     Vivía en la casa de una señora mientras estudiaba, la hija, alumna de la escuela salesiana “Laura Vicuña” de Atabapo” de apenas 11 años de edad, queda embarazada. La mamá acusa al joven que está hospedado en su casa, de haberla violado  y obliga a la hija que diga lo mismo. El joven jura que él siempre ha respetado esa familia y está muy agradecido, que no ha tocado jamás a la niña. La mamá no escucha razones, lo denuncia y “Chopocó”, así lo llamaban, tuvo que pagar seis meses de cárcel en espera del juicio.
Sor María era de la convicción del que el joven era inocente. Le había escuchado su declaración, y en los año de experiencia trabajando con muchachos su corazón le decía que hablaba con la verdad, pero, ¿cómo demostrarlo y poderlo sacar de ese sitio de reclusión donde lo tenían?
 Ella comienza moverse y recojo firmas entre las personas que le conocían,  ya que él era estudiante del liceo, todos los alumnos y profesores firmaron  a favor “Chopocó”,  y aseguraron su inocencia diciendo: “¡Lo conocemos muy bien y sabemos que no es capaz de semejante cosa!”.
     Más de una vez la llamaron al circuito judicial preguntando el por qué defendía al joven, acusado de violar a una niña,  si era evidente su culpabilidad. Ella les contestaba que no se le ha dado el derecho a la defensa, y existen elementos que apuntan hacia el padrastro. Ella les decía: “¿Por qué no llaman a declarar al padrastro que está siempre en casa solo con  niña ya que la mamá está siempre afuera?”
Sor María había ido a conversar con los familiares cercanos y hasta las tías y abuela acusaban al padrastro. Entre las cosas que se enteró fue que tanto la niña como la mamá estaban amenazadas por el padrastro,  por eso no lo nombran. Le llenaba de indignación que se cometiera una injusticia permitiendo que él joven pagara por algo que no había hecho y el verdadero culpable siguiera haciendo de las suyas.
La mamá de la niña, empeñada a defender al marido, denunció a Sor María por radio. No satisfecha con someterla al escarnio público le escribió una carta al Obispo del Vicariato Apostólico de Puerto Ayacucho diciendo que Sor María estaba defendiendo a un vagabundo y violador, a sabiendas que  trabajaba en Derechos Humanos y su deber era ponerse a favor de la niña de 11 años víctima de ese sádico. El Obispo, como era de esperarse, citó a Sor María, y le llamó la  atención preguntándole por qué estaba defendiendo una causa que no sabía a ciencia cierta donde estaba la verdad. Ella le contestó: “Monseñor, con mucho respeto le ruego me deje actuar. Yo tengo la plena certeza que el joven Chopocó es inocente, esperaremos que nazca el bebé, él será la prueba de su inocencia”
Así fue,  lo primero que se hizo fue la prueba de ADN, efectivamente el joven Chopocó no era el padre biológico del niño, la prueba dio negativa, por lo tanto resultó inocente.  El padrastro desapareció, dejó la mujer y no se supo que se hizo.
Narrando este hecho, Sor María decía: “Cada vez estoy más convencida y lo confirmo visitando las cárceles, que hay tantos inocentes sufriendo una pena que no saben de dónde les vino, sólo  por no haber tenido un juicio e investigación seria y no a la ligera”. Y luego cerraba su reflexión con esta oración: “¡Gracias, Señor!.  ¡Te agradezco la oportunidad que me brindas de poder dar una mano amiga a los que lo necesitan!”


jueves, 10 de enero de 2019


RESARCIR EL DAÑO

     El trabajo que llevaba adelante Sor María Narisis en relación a la defensa de los derechos de los pueblos indígenas que ella atendía o que al conocer su fama se le acercaban para solicitar su intervención, no solo consistía en escuchar y ser defensora de las violaciones y trasgresiones a esos derechos, sino que además hacia un esfuerzo para que de alguna manera se reparara el daño causado. Les cuento una de esas anécdotas en las que queda claro lo que digo.
     En la comunidad de Atabapo había un joven al cual apodaban Tito,  esta  vez él será la victima de La Guardia Nacional. A mediado de las once de la noche, Tito pasó por la plaza Bolívar rumbo a su casa, lo ven unos guardias, los cuales se encontraban aburridos y ociosos sin nada que hacer,  lo agarran y se divirtieron  cruelmente dándole una paliza solo para pasar el tiempo y sin ningún otro motivo. Esta golpiza le causó, aparte de los hematomas y fuertes dolores en todo su cuerpo, la fractura de sus dientes delanteros, ¿Por qué? Nadie lo sabe.
     El joven fue  a poner la denuncia ante el comité de los DDHH, que dirigía Sor María. Esta práctica de abuso, violencia, arbitrariedades, malos tratos ya se había hecho costumbre entre los integrantes de este Órgano del Estado.   Sor María, fue  a Puerto Ayacucho y habló con el General, el cual le atendió muy bien y le dice que hable con el médico para la cotización del arreglo. De inmediato el médico se puso a la orden. Al poco tiempo todo estaba listo.
     El Medico arreglo toda la dentadura de Tito, no solamente las que le fracturaron a causa de la golpiza propinada por estos individuos. A todas  estas, Tito, tenía muchos problemas con su dentadura completamente dañada.  Una vez hecho el diagnostico, se pusieron  manos a la obra. Listo todo el trabajo odontológico,  el médico le dio la facturara a Sor María. Ella  se la llevó al general quien  pagó de inmediato la totalidad del trabajo. El General descontó de sus sueldos, todo a los guardias involucrados en el hecho.
    Ahora bromeando le decimos a Tito: "¡bendita paliza Tito para tener la boca bien arreglada! ¿No te parece?"
      A Dios gracias, todo salió bien, en el caso de Tito se logró indemnizar el daño causado. Los guardias, desde ese entonces, miran con mucha seriedad a Sor María. Es lógico, les coloco en evidencia su mal proceder y los excesos cometidos,  pero, para Sor María, ¡lo justo es justo!

domingo, 6 de enero de 2019

PUENTE ENTRE LA INSENSIBILIDAD Y LA CARIDAD

     
El en recorrido narrativo que hasta ahora llevamos, se deja ver a una mujer que se pone al servicio de los que no tienen voz, de los indefensos, que se hace uno con ellos y arriesga hasta su propia seguridad en favor de lo que considera justo, en su caso, la lucha por los derechos humanos fundamentales del pueblo indígena.
     La historia que a continuación describo nos deja ver la acción de Dios por medio de sus servidores, su intervención oportuna. Dios se hace presente a través de sus enviados, personas que le ofrecen sus manos para que él levante al desvalido; su voz, para que sea escuchado en sus peticiones; sus pies, para llegar a donde quiera se le necesite; su oración, para elevar plegarias y bendiciones. Se dice con frecuencia: ¡Dios provee! Y ¡claro que lo hace!, por medio de seres humanos como Sor María Narisis en medio de los pobres y olvidados del mundo, en su caso, en medio de los pueblos indígenas de Amazonas, Venezuela, y de ésta manera él se hace proveedor de bienestar y ayuda al que le necesita.
     Un ejemplo de lo que planteo fue lo ocurrido a un niño indígena de San José de Márano, que se encuentra en el Orinoco medio. El papá lo lleva al ambulatorio de  Atabapo  con la cabeza toda llagada, la infección le estaba llegando a los oídos, el papá lo presenta ante el médico y éste le dice, sin mostrar ningún  interés: “¡lávalo con agua y jabón, llévatelo porque aquí no hay medicinas!” y lo manda a su casa. El hombre obedece, regresó a su comunidad a cumplir la recomendación médica. 
     Cuando Sor María fue  de visita a la comunidad, encuentra al niño con una franela sucia cubriéndole la cabeza, allí  hay muchos mosquitos. Ella le quitó la franela y  vio la cabeza llagada y el rostro hinchado como un monstruo. Obligó al papá que se lo entregara para llevarlo a Atabapo y encargarse de él urgentemente. Se trataba de una familia muy pobre, la madre había fallecido dejando al  viudo con 7 muchachitos seguidos uno de otros. El papá se fue con Sor María a llevar el niño nuevamente al ambulatorio. Ella lo llevó y habló con el médico, éste evalúa al niño, lo revisa y dice: “¡la infección está muy avanzada y hay que actuar de rápidamente!”. Luego miró a Sor María y le agradeció por haberlo llevado, de inmediato se dirigió al papá, lo regaña preguntándole por qué no lo había traído antes. Sor María le respondió: “Doctor hace apenitas unos días que este niño estuvo aquí y usted mismo lo vio y le dijo que no había medicinas y que lo lavara con agua y jabón”. La reacción del médico,  Sor María la resume con esta expresión “¡quedó de piedra!”, y se excusó ante ella prometiendo reparar su actuación ¡Increíble de verdad!

sábado, 5 de enero de 2019

SOMOS HISTORIA HOY Y SIEMPRE: ¡LA PELEA, ESPELEANDO!     Si no es la Guardia Na...

SOMOS HISTORIA HOY Y SIEMPRE: ¡LA PELEA, ESPELEANDO!
     Si no es la Guardia Na...
: ¡LA PELEA, ES PELEANDO!       Si no es la Guardia Nacional que molesta y arremete contra los débiles es La Marina, o si no es el Ej...

¡LA PELEA, ES PELEANDO!

     
Si no es la Guardia Nacional que molesta y arremete contra los débiles es La Marina, o si no es el Ejército. Hubo semanas de grandes confrontaciones a favor de los DDHH de los indígenas.
     Una de están semanas, la Guardia Nacional, entro violentamente a las casas, revisando todo y quitándoles las pertenencias con el pretexto que es la ley del SENIAT. Resulta que hablamos con los miembros del SENIAT y dicen que ellos no han dado órdenes y no han recibido ninguna mercancía.
     La Marina, por su parte, apegada a sus leyes dice que tienen que pagar para prender el motor y pasar al otro lado del río que se emplea solo un minuto y medio de viaje, y de paso el pago sería nada menos que 29.400Bs. Para un zarpe de un mes.  “¡Estamos en tierra indígena y ellos no pueden transitar libremente!” se decía.
     El Ejército, por su parte,  prohibiendo la cacería a los indígenas a sabiendas que ellos están en su suelo, entrando y registrando sin permiso las casas con la excusa de buscar a unos reclutados que se les escaparon. (Cabe pensar: ¿Por qué se escapan?) Entran en las casas, amenazan a la gente y se llevan lo que encuentran. El Comité de Derechos Humanos se trasladó a los lugares donde se dieron los hechos, se conversa con los tenientes o capitanes buscando, por las buenas, soluciones más humanas. Ya que los verdaderos dueños de estos ambientes son los indígenas. En un primer momento se dialogó con ellos, si a pesar de lo que se les planteaba  insistían en su arremetida en contra de los indígenas se procedía a hablar con los jefes de los comandos. Casi siempre que se les nombraba a los jefes  algunos hacían caso otros amenazaban, porque tenían que doblegarse y bajar la cabeza.
     Los miembros del comité estaban  claros: Cuando más fuertes es la pelea más unidos debían estar, recordando que todo lo que se hace  en favor de los indefensos, se lo hacemos  a Dios, y  Él es quien acompaña.
Días difíciles se le presentaba en oportunidades pero no se daba  por vencida. No puede permitir que La Guardia Nacional, abuse de los indígenas para su comodidad.
     Un pobre señor compra gasolina y La Guardia Nacional le pide que lleve un grupo de su gente a Santa Bárbara, una comunidad a orillas del Atabapo, todo gratis. El señor le pide que al menos le colabore con el aceite de liga ya que él no tiene más plata, pues ha estado una semana en el pueblo en espera de ser atendido por un problema de salud. Por toda respuesta recibe que le quitan el tambor de gasolina que había comprado y la factura. ¡Es injusto! El agraviado viene  ante Sor María a pedir ayuda. Ella va a hablar con el teniente,  el cual insiste que el señor tiene que llevarlos, porque ellos le vendieron la gasolina. Sor María le contesté: “¿Le vendieron o le regalaron? Si el señor compró él es dueño y nadie le puede obligar a llevarles gratis, además tiene prohibido llevar a la guardia aunque les pague. El que usted llama pariente no le va hacer el viaje. Señor teniente, o le regresa la gasolina o le regresa la plata. Usted decide. ¡Basta de amenaza!” Me mira fulminante, apretó los dientes y le regresa la gasolina.
     Cuando Sor María narraba estas historia me decía: “No niego que yo por dentro temblaba por la reacción de ellos, pero sentía que Dios estaba conmigo porque en mis hermanos indígenas indefensos lo veo a Él y le agradezco inmensamente”.
    Estos hechos de injusticias eran tan frecuentes que a veces era más el tiempo que pasaba Sor María en los comandos defendiendo a los indígenas en sus innumerables reclamos que los que estaba en la comunidad.
Continuamente la Guardia Nacional usaba la excusa de la exigencia del permiso sanitario para los productos que los indígenas traían de sus comunidades para la venta y con lo cual se proveían de alimentos en los abastos y negocios de Atabapo, decomisárselos y quedárselos ellos sin cancelar absolutamente nada, perdiendo los indígenas, no solo el fruto de su trabajo sino además la posibilidad de llevar a sus familias alimentos, medicinas y ropas que canjeabas en los negocios,
     Fue el caso de otro indígena que llegó a uno de los puertos del río Atabapo con plátanos para la venta. La guardia se llevó, sin pagar y sin permiso del dueño cinco racimos. Y de ñapa le pidieron ochenta mil bolívares para el comando. El pobre hombre no sabe a quién más acudir ya que ese es un pueblo sin ley, donde los guardias hacen lo que se les antoja y no existe autoridad que les ponga freno.
     El hombre todo apesadumbrado va en busca de la única que no tiene ningún problema de enfrentárseles y ponerlos en su lugar. Son María se dirige como una flecha al sitio de los hechos. El agraviado esta triste, lo acompañó  al comando para hablar con el comandante, pero no lo encuentran. Ella convoco una reunión con las autoridades locales: el Alcalde, el comité de Derechos Humanos, el mismo comandante a fin de aclarar los continuos atropellos en contra de los “parientes” como suelen llamar a los indígenas y   que han venido sucediendo por parte de La Guardia nacional. Tomo la palabra presentando con lujo de detalles las pruebas en las manos cada caso del cual ella había sido testigo, se le pide al comandante un poco de sentido común y comprensión. Gracias a la producción de los indígenas en sus conucos es que llegan los productos agrícolas al pueblo, gracias a los indígenas venezolanos o colombianos llega comida y qué por favor les paguen los cinco racimos de plátanos que se llevaron arbitrariamente. El alcalde, que siempre es nulo en materia de defensa del indígena, esa vez le dio la razón y el comandante se muestro muy dispuesto a colaborar en esa oportunidad. Todos en la reunión acordaron y se comprometieron a trabajar mancomunadamente. En beneficio de la ciudadanía.




ENFRENTAMIENTO CON LA GUARDA NACIONAL

     Sor María no se media a la hora de defender a los indígenas. Se enfrentaba a quien fuera sin importarle el riesgo que corría. Uno de los grupos que con mayor frecuencia tuvo que enfrentar y  de los cuales gano mayor número de enemigos era la guardia nacional.
     Entre las cosa que les discutía era el traslado que hacían estos funcionario de aquello que le decomisaban a los indígenas por no encontrarlo legal, como por ejemplo los motores de sus embarcaciones. A ella le parecía injusto  hacia los aborígenes. Para poder recuperar eso que les decomisaban debían ir de su lugar de origen, de sus comunidades a la capital ( Puerto Ayacucho), la cual quedaba entre 4 y 8 horas de navegación  por río, dependiendo del motor,  más 2 horas por carretera haciendo uso del trasporte terrestre. Ella decía: “Como cree, La Guardia Nacional, que después de quitarles el motor a los indígenas, ellos  tienen que ir a Puerto Ayacucho para reclamarlo y para recuperarlo. De dónde sacan el dinero para viajar hasta Puerto Ayacucho; ¿Cómo y con qué medio pueden viajar?”
    Esta era la conversación que muchas veces había hecho con el comandante y teniente de turno. Respuesta que en cada oportunidad ellos le daban: “Seguimos órdenes”. No comprendía esa posición tan injusta, pero aceptaba y ella misma se dirigía a Puerto Ayacucho con los documentos legales y la identificación del indígena dueño del motor, se presentaba al comando central. Como iba de parte del comité de los DDHH la atendían de maravilla. Allá expuso el caso. Le preguntaron  qué si quería llevarse el motor.  Le explicaron que debía  dárselo al teniente para que éste se lo entregue al dueño. Imaginarse tamaña situación: ella debía hacer la mediación.  Se pueden figurar la cara que pondría el teniente al recibir esa orden.
 Llego a Atabapo y se presentó al comando entregando la orden y el motor para restituirlo al dueño. El teniente al verlo cambió de cara, le miró fulminante y le gritó  a la guardia que entregara ¡esa vaina!, y él se encerró en su oficina. El dueño del motor estaba presente, recibió lo suyo y la dice a Sor María: “ Sor, ¡no tengo la cédula!”,  de inmediato Sor María le preguntó por qué, le respondió “ ¡me la quito el teniente, la tiene él!”. En ese momento Sor María mostró su disgusto por cómo arremeten contra el débil y al no ver al teniente por ningún lado hablo en voz alta: “¡Hasta cuándo van a seguir así!, la cédula no se quita a su propietario, sino que se mira. Por favor entreguen la cédula al dueño para que se vaya. ¡Ya está bien!”. Otra vez salió  el teniente, entregó  la cédula y la miro con los labios apretados, sin palabra, su rostro sólo reflejaba ira. Jamás puedo olvidar su cara y su mirada.
     Lo que interesaba era que el indígena recuperara su  motor y cédula. Allí  aprovecho para conversar con él y darle  unas recomendaciones. El hombre se va agradecido.
Para Sor María Narisis todo era obra de Dios. Él, que está siempre a su lado y le dice: “¡No tengas miedo!, yo pondré en tus labios lo que quiero que digas”. Y era así. Ella experimentaba que Dios era quien hablaba.


SITUACIONES CON LAS MINAS

     El Estado Amazonas, al sur de Venezuela, se encuentra ubicado en el macizo Guayanés. De aquí son las tierras más antiguas del mundo y sus testigos: los Tepuyes. Poseé , aparte de su población indígena,  innumerables riquezas, entre las que se cuentan sus ríos, su selva, sus paisajes vírgenes y típicos, que solamente se encuentran en ellas, su muy codiciado subsuelo rico en productos minerales muy cotizados como oro y el diamante entre otros.
     Aunque está prohibida la explotación minera, la gente va lo mismo a la mina. Un día, la Guardia Nacional, trajo una cantidad de mujeres y, sin pasar por Atabapo, los llevaron al Comando policial de Puerto Ayacucho. Esto llegó a oídos de Sor María, le contaron la forma injusta como fueron apresadas y las condiciones en las que se encontraban. Ella fue a visitarlas y entre ellas consiguió el caso de una muchacha de la comunidad de Magua, etnia Curripaco, que estaba embarazada. Habló con los jefes y no hubo manera de dejarla libre.         Después de tanta lucha,  se logró le permitieran dar a luz en el hospital, y según la ley los niños no pueden estar en una cárcel, Así que le dieron por cárcel el hospital. Para esa mujer y su bebe  fue lo mejor, allí recibió la atención adecuada tanto ella como su niño. La  mujer lo prefirió y le quedo agradecida por haber logrado ese beneficio. Ahí estuvo hasta que la fiscalía dio el veredicto de libertad absoluta. En realidad, ¿cuál fue el crimen que cometió? Rebuscarse para vivir.


LA  JUSTICIA ES LO PRIMERO.

     Otros con los que tuvo muchos enfrentamientos por defender los derechos de los indígenas fue con  la policía. También ellos se creen con autoridad y el poder para quitarles lo que les pertenece, decomisarles las cosas de los indígenas, sin pagar por ellas  y comer gratis lo que ellos llevan a los puertos para la venta, especialmente productos de la pesca y de la siembra.
     En una oportunidad vino un  señor de su comunidad lejana a vender plátanos al puerto; se acerca un policía lentamente y agarra un racimo grande y se lo lleva sin siquiera preguntar el precio. En ese momento se encontraba Sor María  y vio lo que acontecía. Ella se le acercó al señor y  le pregunto si se lo había regado. Él le respondió: “¡no, se lo llevó así no más!, y yo necesito ese dinero ya que tengo que comprar leche, azúcar para mis niños. Además tengo que comprar la gasolina para regresar”.
     Sor María llamó a algunos defensores de los derechos humanos e informó lo ocurrido, solicitándoles su intervención. La idea era no ir directamente ella a reclamar, sino otro miembro del comité de derechos humanos. El policía, ante ese reclamo se enfurece y levanta las manos amenazándolo con meterlos presos si sigue insistiendo. Este fue y avisó a Sor María y ella fue a ver qué pasaba. Ella hizo sentir el reclamo obligando al funcionario a  pagar lo que corresponde por el producto que tomó, y le advirtió que si no querían tener problemas respetaran las propiedades de los indígenas y su derecho a comerciar con el fruto de su trabajo.      Les recordó que ellos tienen un sueldo que se lo ganan sin hacer nada, mientras el indígena trabaja duro y necesita eso para vivir, él y la familia. Le añadió que si eso que él hizo de “tomar” algo que no le pertenece y llevárselo lo hubiera hecho un civil la policía lo mete preso por robar. Llamó al dueño de los plátanos para que cobrara lo que correspondía. Y como el policía no tenía dinero le devolvió el racimo de plátano. El policía la miró  de forma amenazante acostumbrada a eso no le importó, para ella la  justicia es lo primero.
, pero como estaba


POR EL DERECHO ANCESTRAL A LA TIERRA

     La tierra para los indígenas es más que un espacio ancestral que les pertenece, Es su conexión con la vida, con sus creencias, con su cultura y sus raíces. Muchas de estas tierras son vistas por el hombre de hoy como terreno de nadie al cual deben y se sienten con  derecho de invadir, tomar a costa de lo que sea para urbanizar, instaurando un sistema de vida completamente acorde a la modernización de las ciudades y dejando de lado su conservación, rompiendo con su equilibrio natural originario.
     Para Sor María, el tema de la tierra y el derecho que sobre ella tenían los indígenas  como parte vital de su propiedad  era preocupante. Ella agradecía a Dios por darle la posibilidad de poder echarles una mano a los que lo necesitan. En relación al tema "tenencia de la tierra", siempre fue motivo de injusticias y abusos por parte de los poderes del Estado Venezolano y sus representantes, quienes, paradójicamente,  eras los encargados de velar por la defensa de los más desposeídos entre pueblos, en este caso eran los primeros que se aprovechaban y cometían todo tipo de desmanes en contra de los originarios de etas tierras. Cada vez que Sor Maria lograba hacer algo en favor de la defensa de los indígenas,  se sentía realizada, cumpliendo la misión que Dios le había encomendado y que ella había aceptado. Esta vez, en torno a la tierra, era sorprendente las muchas comunidades que necesitan de su mano.
Todos los caseríos que se encontraban ubicados en la zona central de Atabapo, alrededor de la carretera se habían  quedado sin tierras,  y ésta era la vida para ellos. 
    Para ese entonces apareció una organización “fantasma” llamada AZODEFRA e hizo creer a todos que tenía legalidad sobre las tierras y empezó a repartir las parcelas a la gente.
     Cuando los Misioneros se enteraron de lo que estaba ocurriendo se abocaron  a hablar con los capitanes de esas comunidades afectadas entre ellas la etnia de los Curripaco, los cuales no tenían conocimiento de lo que estaba ocurriendo. Empezaron la investigación con la ayuda del abogado de Derechos Humanos del Vicariato y del encargado de catastro pertenecientes a la alcaldía. El caso llegó hasta Caracas y se descubrió que esa organización no estaba registrada en ninguna parte, por lo tanto era ilegal.
     Es así como, Sor María, junto con los capitanes y la gente que habitaba la zona  empezó a cercar el terreno y a sembrar. El jefe de dicha organización tuvo que ceder y aceptar su ilegalidad. A partir de ese momento, ese señor se hizo enemigo número uno de Sor María. La odiaba, y le colocó de sobre nombre “la  mano peluda”, pero eso no le importaba, era   feliz solo con saber que podía ayudar a sus  hermanos indígenas a que recuperaron sus tierras, 
que es su vida.

miércoles, 2 de enero de 2019


 ASISTENCIA DE LA JUVENTUD EN RIESGO

     La actividad  de esta mujer era incansable. Cuando tenía un "tiempito" libre, buscaba la manera de ocuparlo en función del crecimiento de las comunidades.
En Atabapo, inició un trabajo con los catequistas. En oportunidades tomaba a uno de ellos y los invitaba a acompañarla a los distintos  caseríos indígenas que estaban bajo su responsabilidad. Entre estos líderes animadores se encuentra el catequista Andrés Camacho Aragua. Un hombre noble y trabajador que vivía en Atabapo,  maestro del colegio Junín, con su familia, pertenecía a la comunidad de creyentes y defensores de los DDHH junto con Sor María.
     Junto con Camacho, como era llamado popularmente,  empezó un programa Catequístico formativo para  con los muchachos de los barrios y caseríos más cercanos de San Fernando de Atabapo.   Entre los destinatarios  de este proyecto se encontraban los del INAM (Instituto Nacional de Asistencia al Menor). Para ello contaba con el apoyo de las autoridades de ese momento que les dieron  plena libertad en desarrollar esa labor Catequístico y formativa.  
     Para hacerle seguimiento a este propósito solo contaban con el propio esfuerzo,  sin recursos materiales, intentaban estimular la buena voluntad de estos muchachos, sobre todo los del INAM el cual había funcionado en esta localidad de Atabapo en las condiciones más deplorables posibles.  Al tiempo de haberse iniciado esta labor, y gracias a la  perseverancia  y seguimiento de cada uno de estos niños y jóvenes,  se fueron  notando algunos pequeños  cambios en sus conductas. Los jóvenes se sentían queridos, y respondían con afecto y alegría. Había casos con problemas delicados y a veces graves, situaciones de dolor, de   maltrato y abusos, eran  niños de la calle, sin familia, con alto índice de desnutrición. Eran  el resultado de la violencia vivida, de la soledad. Desde que nacieron fue la lucha por la sobrevivencia. Frente a esta situación, cuando se es niño, adolescente o joven se  busca necesariamente a alguien que te oriente, con el cual hacer grupo, que te acepte  y, si no son los padres, será uno de tu misma edad,  compañero (bueno o malo)  y  en el peor de los  casos, esto se encuentra en la calle.
     En oportunidades, Sor Maria,  se encontró con muchachos que si contaban con sus padres, pero a muchos de ellos les era más fácil, darle un poco de dinero en lugar de un poco de tiempo. A otros no los comprendían, no los amaban. Esto los había distanciado de sus hijos  perdiendo la confianza de ellos. Lo peor de todo esto es  que estos muchachos tomarían caminos que serían graves para las propias familias, la sociedad, la Iglesia. Es por eso que Sor María, insistía que debía hacerse amigos, ganar su confianza a fin de crear afecto que hiciera  posible la educación verdadera: ¡El amor!
     Al constatar esa ausencia de la figura de los padres y el abandono del que habían sido víctima estos muchachos, ella  opto por dedicarse de lleno a ellos, los muchachos del INAM. Fue muy difícil el comienzo.
     Recordaba, por ejemplo,  la rebeldía que tenían: No escuchaban consejos, mientras les hablaban o tramitan algún mensaje se oían murmullos, palabrotas, empujones, lloriqueos de los más pequeños, pellizcos … Fue necesario trabajar muy duro para tratar de conseguir el objetivo que se  perseguíamos. Su CONFIANZA.
     Sábado, tras sábado, iba Sor María con su equipo de animadores, al INAM continúas charlas, juegos dirigidos, paseos, encuentros amistosos con otros muchachos de otras comunidades, sorpresas, teatros… en fin todo lo que pudiera y estaba a su  alcance por el bienestar de estos muchachos.
     Muchas veces, la Directora de la escuela a la cual asistían los internos le presentaba sus quejas, y ella, en silencio las recibía: “si estos muchachos siguen así, no podemos tenerlos más aquí, un día vienen a clase, otro día no, vienen a primera hora de la mañana y después del receso no regresan”. Tenía razón, decía, con tristeza, Sor María. La Prefectura, por otra parte hacia sus observaciones y amenazas. Varias veces tuvo que sacarlos de la policía, estaban presos, o por robar, o por pelear. No sabía qué hacer, pero, notaba el cariño que le tenían, de alguna manera le hacían sentir que la querían. “¿Qué hacemos? Se preguntaba, e inmediatamente se respondía ¡Rezar a Papá Dios!”
     Sor María les instruía y montaba con ellos teatros. Les hablaba de Don Bosco, y su ejemplo de entrega a los jóvenes más pobres y necesitados pronto se hizo presente. La  dedicación, paciencia y confianza no quedó defraudada. Estos jóvenes, a los cuales les costaba mucho ponerse de acuerdo y mantener un mínimo de disciplina para sacar a flote un pequeño teatro, llegaron a pelearse por ser parte de los personajes protagónicos en la obra.
Todos los sábados la pasaba con ellos en su internado. De cuantas injusticias fue testigo, cuantas historias de dolor, una peor que otra.  Muchas veces le tocó llorar con ellos oyendo sus relatos bien dolorosos. “¿Que se pretende de unos niños que no han recibidos más que  palos en la vida? ¿Qué pueden dar si no han recibido? Todos damos lo que tenemos” eran sus constantes reflexiones.
 Poco a poco se hicimos amigos. Organizaba, junto con ellos, paseos, teatros, meriendas, concursos, en fin muchas cosas para entretenerlos y ocuparlos. Con ellos ambientaba los salones con bellas frases de Don Bosco: “Basta que sean jóvenes para amarlos mucho”. En realidad fue muy duro, pero la constancia vence. Ellos tenían en la sangre mucha rebeldía contra todos, así que Sor María rezaba a Don Bosco: “Don Bosco ven y ayúdanos”.  Ella les enseñó el canto “SALVE DON BOSCO SANTO, JOVEN DE CORAZÓN…DON BOSCO,  VEN AYÚDANOS”  Este canto fue el primero que aprendieron y subrayaban con mayor entonación: Ven y ayúdanos. Lo cantaban con su alma.
En la fiesta de Don Bosco lograron montar teatro, ellos fueron los protagonistas, acabó con el canto: Música, mucha música. Les gustó mucho. Les quedó tan bonito,  que se ganaron muchos aplausos. Este acontecimiento los hizo pensar: “Podemos hacer algo bueno”. Las entradas en la policía empezaron a menguar. Un día un policía le preguntó: ¿Qué pasa con los muchachos del INAM? Sor María sorprendida le responde “por qué” ´el responde: “pues, que me extraña que hace tiempo no hay ninguno preso”.
     Los muchachos empezaron a llamarla “abuela” aprovechó  para decirle que las abuelas se les respetan y obedecen.  Este esfuerzo empezó a dar sus frutos. Se empezó a notar que desde el trabajo que se hacía en el INAM  empezaron a asistir a clase, hacían sus tareas, pedían lo que necesitaban, los más grandecitos prometieron que querían cambiar la cara del INAM que tenía mala fama y todos tenían miedo a los muchachos del INAM. En realidad mejoraron bastante. Al finalizar el primer año de experiencia con los muchachos del INAM ellos mismos decían:
“Este año que ustedes nos acompañaron, me ha parecido mejor que los otros años. Me ha llevado a reflexionar sobre mi vida, sobre los demás y a respetar las cosas ajenas”
“Aprendí a comportarme, a conocer más a Don Bosco y a La Virgen”.
“Siento que soy diferente que el año pasado, porque soy más colaborador y obediente, tenía muchas malas mañas y ahora las he corregido, vivo alegre”.
“De las actividades que ustedes hicimos como el concurso para conocer a  Don Bosco y La Virgen, participar en el Rosario, en el teatro, los consejos de Sor María Narisi. Estoy tratando de ponerlos en práctica, jamás en mi vida me habían hablado así, me hizo reflexionar”
“A ser responsable, honesto, respetuoso, siento que tengo un compromiso muy grande con mi caserío, de trasmitir lo que he aprendido (cantos, juegos…)”.
“Enseñar lo que aprendí a los muchachos de mi comunidad, ayudar a mis padres sin malcriadeces, rezar todas las noches el Ave  María”.
Con el tiempo ese internado para muchachos con problemas y de la calle, no se sostuvo, el gobierno lo cerro debido que la mayoría de los muchachos no pertenecían a San Fernando de Atabapo sino que provenían de Puerto Ayacucho y sus barrios. Era cruel distanciar a estos niños, adolescente y jóvenes lejos de sus familiares  porque, aunque muchos eran de la calle, otros tenían familiares cercanos: abuelos, hermanos, tíos…los cuales se desentendían de sus muchachos. Además que las condiciones dentro del internado eran precarias. No tenían guías responsables y preparados. La alimentación era escasa y deficiente en nutrientes a tal punto que estaban mejor en sus casas que en el mismo  internado por los niveles de decadencia.
En oportunidades, Sor María, se los encontraba, ya grandes, en Puerto Ayacucho y la  llamaban viejita o abuela y le pedían la bendición. Ella siempre decía, al referirse a ellos, “Gracias Don Bosco. Sigue ayudándolos esos son tus hijos predilectos”.