sábado, 5 de enero de 2019


¡LA PELEA, ES PELEANDO!

     
Si no es la Guardia Nacional que molesta y arremete contra los débiles es La Marina, o si no es el Ejército. Hubo semanas de grandes confrontaciones a favor de los DDHH de los indígenas.
     Una de están semanas, la Guardia Nacional, entro violentamente a las casas, revisando todo y quitándoles las pertenencias con el pretexto que es la ley del SENIAT. Resulta que hablamos con los miembros del SENIAT y dicen que ellos no han dado órdenes y no han recibido ninguna mercancía.
     La Marina, por su parte, apegada a sus leyes dice que tienen que pagar para prender el motor y pasar al otro lado del río que se emplea solo un minuto y medio de viaje, y de paso el pago sería nada menos que 29.400Bs. Para un zarpe de un mes.  “¡Estamos en tierra indígena y ellos no pueden transitar libremente!” se decía.
     El Ejército, por su parte,  prohibiendo la cacería a los indígenas a sabiendas que ellos están en su suelo, entrando y registrando sin permiso las casas con la excusa de buscar a unos reclutados que se les escaparon. (Cabe pensar: ¿Por qué se escapan?) Entran en las casas, amenazan a la gente y se llevan lo que encuentran. El Comité de Derechos Humanos se trasladó a los lugares donde se dieron los hechos, se conversa con los tenientes o capitanes buscando, por las buenas, soluciones más humanas. Ya que los verdaderos dueños de estos ambientes son los indígenas. En un primer momento se dialogó con ellos, si a pesar de lo que se les planteaba  insistían en su arremetida en contra de los indígenas se procedía a hablar con los jefes de los comandos. Casi siempre que se les nombraba a los jefes  algunos hacían caso otros amenazaban, porque tenían que doblegarse y bajar la cabeza.
     Los miembros del comité estaban  claros: Cuando más fuertes es la pelea más unidos debían estar, recordando que todo lo que se hace  en favor de los indefensos, se lo hacemos  a Dios, y  Él es quien acompaña.
Días difíciles se le presentaba en oportunidades pero no se daba  por vencida. No puede permitir que La Guardia Nacional, abuse de los indígenas para su comodidad.
     Un pobre señor compra gasolina y La Guardia Nacional le pide que lleve un grupo de su gente a Santa Bárbara, una comunidad a orillas del Atabapo, todo gratis. El señor le pide que al menos le colabore con el aceite de liga ya que él no tiene más plata, pues ha estado una semana en el pueblo en espera de ser atendido por un problema de salud. Por toda respuesta recibe que le quitan el tambor de gasolina que había comprado y la factura. ¡Es injusto! El agraviado viene  ante Sor María a pedir ayuda. Ella va a hablar con el teniente,  el cual insiste que el señor tiene que llevarlos, porque ellos le vendieron la gasolina. Sor María le contesté: “¿Le vendieron o le regalaron? Si el señor compró él es dueño y nadie le puede obligar a llevarles gratis, además tiene prohibido llevar a la guardia aunque les pague. El que usted llama pariente no le va hacer el viaje. Señor teniente, o le regresa la gasolina o le regresa la plata. Usted decide. ¡Basta de amenaza!” Me mira fulminante, apretó los dientes y le regresa la gasolina.
     Cuando Sor María narraba estas historia me decía: “No niego que yo por dentro temblaba por la reacción de ellos, pero sentía que Dios estaba conmigo porque en mis hermanos indígenas indefensos lo veo a Él y le agradezco inmensamente”.
    Estos hechos de injusticias eran tan frecuentes que a veces era más el tiempo que pasaba Sor María en los comandos defendiendo a los indígenas en sus innumerables reclamos que los que estaba en la comunidad.
Continuamente la Guardia Nacional usaba la excusa de la exigencia del permiso sanitario para los productos que los indígenas traían de sus comunidades para la venta y con lo cual se proveían de alimentos en los abastos y negocios de Atabapo, decomisárselos y quedárselos ellos sin cancelar absolutamente nada, perdiendo los indígenas, no solo el fruto de su trabajo sino además la posibilidad de llevar a sus familias alimentos, medicinas y ropas que canjeabas en los negocios,
     Fue el caso de otro indígena que llegó a uno de los puertos del río Atabapo con plátanos para la venta. La guardia se llevó, sin pagar y sin permiso del dueño cinco racimos. Y de ñapa le pidieron ochenta mil bolívares para el comando. El pobre hombre no sabe a quién más acudir ya que ese es un pueblo sin ley, donde los guardias hacen lo que se les antoja y no existe autoridad que les ponga freno.
     El hombre todo apesadumbrado va en busca de la única que no tiene ningún problema de enfrentárseles y ponerlos en su lugar. Son María se dirige como una flecha al sitio de los hechos. El agraviado esta triste, lo acompañó  al comando para hablar con el comandante, pero no lo encuentran. Ella convoco una reunión con las autoridades locales: el Alcalde, el comité de Derechos Humanos, el mismo comandante a fin de aclarar los continuos atropellos en contra de los “parientes” como suelen llamar a los indígenas y   que han venido sucediendo por parte de La Guardia nacional. Tomo la palabra presentando con lujo de detalles las pruebas en las manos cada caso del cual ella había sido testigo, se le pide al comandante un poco de sentido común y comprensión. Gracias a la producción de los indígenas en sus conucos es que llegan los productos agrícolas al pueblo, gracias a los indígenas venezolanos o colombianos llega comida y qué por favor les paguen los cinco racimos de plátanos que se llevaron arbitrariamente. El alcalde, que siempre es nulo en materia de defensa del indígena, esa vez le dio la razón y el comandante se muestro muy dispuesto a colaborar en esa oportunidad. Todos en la reunión acordaron y se comprometieron a trabajar mancomunadamente. En beneficio de la ciudadanía.



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