POR EL DERECHO ANCESTRAL
A LA TIERRA
La tierra para
los indígenas es más que un espacio ancestral que les pertenece, Es su conexión
con la vida, con sus creencias, con su cultura y sus raíces. Muchas de estas
tierras son vistas por el hombre de hoy como terreno de nadie al cual deben y
se sienten con derecho de invadir, tomar
a costa de lo que sea para urbanizar, instaurando un sistema de vida
completamente acorde a la modernización de las ciudades y dejando de lado su
conservación, rompiendo con su equilibrio natural originario.
Para Sor María, el tema de la tierra y el derecho que sobre
ella tenían los indígenas como parte
vital de su propiedad era preocupante.
Ella agradecía a Dios por darle la posibilidad de poder echarles una mano a los
que lo necesitan. En relación al tema "tenencia de la tierra", siempre fue motivo
de injusticias y abusos por parte de los poderes del Estado Venezolano y sus
representantes, quienes, paradójicamente, eras los encargados de velar por la
defensa de los más desposeídos entre pueblos, en este caso eran los primeros que se
aprovechaban y cometían todo tipo de desmanes en contra de los originarios de
etas tierras. Cada vez que Sor Maria lograba hacer algo en favor de la defensa de
los indígenas, se sentía realizada, cumpliendo la misión que Dios le había
encomendado y que ella había aceptado. Esta vez, en torno a la tierra, era
sorprendente las muchas comunidades que necesitan de su mano.
Todos los caseríos
que se encontraban ubicados en la zona central de Atabapo, alrededor de la carretera se habían quedado sin tierras, y ésta era la vida para ellos.
Para ese entonces apareció una
organización “fantasma” llamada AZODEFRA e hizo creer a todos que tenía legalidad sobre las
tierras y empezó a repartir las parcelas a la gente.
Es así como, Sor María, junto con los capitanes y la gente que habitaba la zona empezó a cercar el
terreno y a sembrar. El jefe de dicha organización tuvo que ceder y aceptar su
ilegalidad. A partir de ese momento, ese señor se hizo enemigo número uno de
Sor María. La odiaba, y le colocó de sobre nombre “la mano peluda”, pero eso no le importaba, era feliz
solo con saber que podía ayudar a sus hermanos indígenas a que recuperaron sus
tierras,
que es su vida.
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