ENFRENTAMIENTO CON LA GUARDA NACIONAL
Sor María no se
media a la hora de defender a los indígenas. Se enfrentaba a quien fuera sin
importarle el riesgo que corría. Uno de los grupos que con mayor frecuencia
tuvo que enfrentar y de los cuales gano
mayor número de enemigos era la guardia nacional.
Entre las cosa que les discutía era el traslado que hacían estos
funcionario de aquello que le decomisaban a los indígenas por no encontrarlo
legal, como por ejemplo los motores de sus embarcaciones. A ella le parecía injusto hacia los aborígenes.
Para poder recuperar eso que les decomisaban debían ir de su lugar de origen,
de sus comunidades a la capital ( Puerto Ayacucho), la cual quedaba entre 4 y 8
horas de navegación por río, dependiendo
del motor, más 2 horas por carretera
haciendo uso del trasporte terrestre. Ella decía: “Como cree, La Guardia
Nacional, que después de quitarles el motor a los indígenas, ellos tienen que ir a Puerto Ayacucho para
reclamarlo y para recuperarlo. De dónde sacan el dinero para viajar hasta
Puerto Ayacucho; ¿Cómo y con qué medio pueden viajar?”
Esta era la conversación
que muchas veces había hecho con el comandante y teniente de turno. Respuesta
que en cada oportunidad ellos le daban: “Seguimos órdenes”. No comprendía
esa posición tan injusta, pero aceptaba y ella misma se dirigía a Puerto
Ayacucho con los documentos legales y la identificación del indígena dueño del
motor, se presentaba al comando central. Como iba de parte del comité de los
DDHH la atendían de maravilla. Allá expuso el caso. Le preguntaron qué si quería llevarse
el motor. Le explicaron que debía dárselo al teniente
para que éste se lo entregue al dueño. Imaginarse tamaña situación: ella debía hacer
la mediación. Se pueden figurar la cara
que pondría el teniente al recibir esa orden.
Llego a Atabapo y se
presentó al comando entregando la orden y el motor para restituirlo al dueño.
El teniente al verlo cambió de cara, le miró fulminante y le gritó a la guardia que entregara ¡esa vaina!, y él
se encerró en su oficina. El dueño del motor estaba presente, recibió lo suyo y
la dice a Sor María: “ Sor, ¡no tengo la cédula!”, de inmediato Sor María le preguntó por qué, le
respondió “ ¡me la quito el teniente, la tiene él!”. En ese momento Sor María
mostró su disgusto por cómo arremeten contra el débil y al no ver al teniente por ningún lado hablo en voz alta: “¡Hasta cuándo van a seguir así!, la cédula no se
quita a su propietario, sino que se mira. Por favor entreguen la cédula al dueño para que se vaya. ¡Ya
está bien!”. Otra vez salió el teniente,
entregó la cédula y la miro con los
labios apretados, sin palabra, su rostro sólo reflejaba ira. Jamás puedo
olvidar su cara y su mirada.
Lo que interesaba era que el indígena recuperara su motor y cédula. Allí aprovecho para conversar con él y darle unas recomendaciones. El hombre se va
agradecido.
Para Sor María Narisis todo era obra de Dios. Él, que está
siempre a su lado y le dice: “¡No tengas miedo!, yo pondré en tus labios lo que
quiero que digas”. Y era así. Ella experimentaba que Dios era quien hablaba.
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