sábado, 5 de enero de 2019


ENFRENTAMIENTO CON LA GUARDA NACIONAL

     Sor María no se media a la hora de defender a los indígenas. Se enfrentaba a quien fuera sin importarle el riesgo que corría. Uno de los grupos que con mayor frecuencia tuvo que enfrentar y  de los cuales gano mayor número de enemigos era la guardia nacional.
     Entre las cosa que les discutía era el traslado que hacían estos funcionario de aquello que le decomisaban a los indígenas por no encontrarlo legal, como por ejemplo los motores de sus embarcaciones. A ella le parecía injusto  hacia los aborígenes. Para poder recuperar eso que les decomisaban debían ir de su lugar de origen, de sus comunidades a la capital ( Puerto Ayacucho), la cual quedaba entre 4 y 8 horas de navegación  por río, dependiendo del motor,  más 2 horas por carretera haciendo uso del trasporte terrestre. Ella decía: “Como cree, La Guardia Nacional, que después de quitarles el motor a los indígenas, ellos  tienen que ir a Puerto Ayacucho para reclamarlo y para recuperarlo. De dónde sacan el dinero para viajar hasta Puerto Ayacucho; ¿Cómo y con qué medio pueden viajar?”
    Esta era la conversación que muchas veces había hecho con el comandante y teniente de turno. Respuesta que en cada oportunidad ellos le daban: “Seguimos órdenes”. No comprendía esa posición tan injusta, pero aceptaba y ella misma se dirigía a Puerto Ayacucho con los documentos legales y la identificación del indígena dueño del motor, se presentaba al comando central. Como iba de parte del comité de los DDHH la atendían de maravilla. Allá expuso el caso. Le preguntaron  qué si quería llevarse el motor.  Le explicaron que debía  dárselo al teniente para que éste se lo entregue al dueño. Imaginarse tamaña situación: ella debía hacer la mediación.  Se pueden figurar la cara que pondría el teniente al recibir esa orden.
 Llego a Atabapo y se presentó al comando entregando la orden y el motor para restituirlo al dueño. El teniente al verlo cambió de cara, le miró fulminante y le gritó  a la guardia que entregara ¡esa vaina!, y él se encerró en su oficina. El dueño del motor estaba presente, recibió lo suyo y la dice a Sor María: “ Sor, ¡no tengo la cédula!”,  de inmediato Sor María le preguntó por qué, le respondió “ ¡me la quito el teniente, la tiene él!”. En ese momento Sor María mostró su disgusto por cómo arremeten contra el débil y al no ver al teniente por ningún lado hablo en voz alta: “¡Hasta cuándo van a seguir así!, la cédula no se quita a su propietario, sino que se mira. Por favor entreguen la cédula al dueño para que se vaya. ¡Ya está bien!”. Otra vez salió  el teniente, entregó  la cédula y la miro con los labios apretados, sin palabra, su rostro sólo reflejaba ira. Jamás puedo olvidar su cara y su mirada.
     Lo que interesaba era que el indígena recuperara su  motor y cédula. Allí  aprovecho para conversar con él y darle  unas recomendaciones. El hombre se va agradecido.
Para Sor María Narisis todo era obra de Dios. Él, que está siempre a su lado y le dice: “¡No tengas miedo!, yo pondré en tus labios lo que quiero que digas”. Y era así. Ella experimentaba que Dios era quien hablaba.

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