sábado, 19 de enero de 2019




¡INOCENTE! HASTA QUE SE DEMUESTRE LO CONTRARIO

     Otra de las intervenciones en favor de la justicia y la verdad está relacionada con el caso de un joven indígena de la etnia Piaroa.
     Vivía en la casa de una señora mientras estudiaba, la hija, alumna de la escuela salesiana “Laura Vicuña” de Atabapo” de apenas 11 años de edad, queda embarazada. La mamá acusa al joven que está hospedado en su casa, de haberla violado  y obliga a la hija que diga lo mismo. El joven jura que él siempre ha respetado esa familia y está muy agradecido, que no ha tocado jamás a la niña. La mamá no escucha razones, lo denuncia y “Chopocó”, así lo llamaban, tuvo que pagar seis meses de cárcel en espera del juicio.
Sor María era de la convicción del que el joven era inocente. Le había escuchado su declaración, y en los año de experiencia trabajando con muchachos su corazón le decía que hablaba con la verdad, pero, ¿cómo demostrarlo y poderlo sacar de ese sitio de reclusión donde lo tenían?
 Ella comienza moverse y recojo firmas entre las personas que le conocían,  ya que él era estudiante del liceo, todos los alumnos y profesores firmaron  a favor “Chopocó”,  y aseguraron su inocencia diciendo: “¡Lo conocemos muy bien y sabemos que no es capaz de semejante cosa!”.
     Más de una vez la llamaron al circuito judicial preguntando el por qué defendía al joven, acusado de violar a una niña,  si era evidente su culpabilidad. Ella les contestaba que no se le ha dado el derecho a la defensa, y existen elementos que apuntan hacia el padrastro. Ella les decía: “¿Por qué no llaman a declarar al padrastro que está siempre en casa solo con  niña ya que la mamá está siempre afuera?”
Sor María había ido a conversar con los familiares cercanos y hasta las tías y abuela acusaban al padrastro. Entre las cosas que se enteró fue que tanto la niña como la mamá estaban amenazadas por el padrastro,  por eso no lo nombran. Le llenaba de indignación que se cometiera una injusticia permitiendo que él joven pagara por algo que no había hecho y el verdadero culpable siguiera haciendo de las suyas.
La mamá de la niña, empeñada a defender al marido, denunció a Sor María por radio. No satisfecha con someterla al escarnio público le escribió una carta al Obispo del Vicariato Apostólico de Puerto Ayacucho diciendo que Sor María estaba defendiendo a un vagabundo y violador, a sabiendas que  trabajaba en Derechos Humanos y su deber era ponerse a favor de la niña de 11 años víctima de ese sádico. El Obispo, como era de esperarse, citó a Sor María, y le llamó la  atención preguntándole por qué estaba defendiendo una causa que no sabía a ciencia cierta donde estaba la verdad. Ella le contestó: “Monseñor, con mucho respeto le ruego me deje actuar. Yo tengo la plena certeza que el joven Chopocó es inocente, esperaremos que nazca el bebé, él será la prueba de su inocencia”
Así fue,  lo primero que se hizo fue la prueba de ADN, efectivamente el joven Chopocó no era el padre biológico del niño, la prueba dio negativa, por lo tanto resultó inocente.  El padrastro desapareció, dejó la mujer y no se supo que se hizo.
Narrando este hecho, Sor María decía: “Cada vez estoy más convencida y lo confirmo visitando las cárceles, que hay tantos inocentes sufriendo una pena que no saben de dónde les vino, sólo  por no haber tenido un juicio e investigación seria y no a la ligera”. Y luego cerraba su reflexión con esta oración: “¡Gracias, Señor!.  ¡Te agradezco la oportunidad que me brindas de poder dar una mano amiga a los que lo necesitan!”


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