viernes, 28 de diciembre de 2018

SU DISPONIBILIDAD COMO ENFERMERA

     En el estado Amazonas, y hoy en día en toda Venezuela,  el sistema de salud es muy precario. Entre la selva, lejos de las estructuras modernas, sin provisiones de medicinas añadiendo a todo esto  la falta de personal calificado, colocado a este lugar del país entre los últimos en la escala de beneficios y atención médica

      Cuantas veces pasando al lado de las internas se les notaba en el rostro alguna afectación de salud, al tocarla estaban prendida en fiebre, sin embargo,  ellas seguían con su trabajo,  o con sus clase sin quejarse… Las hermanas tenían que obligarlas a acostarse y tomar las medicinas.
     En sus inicios, cuando se abrió el internado en Isla Ratón, no había  médico ni medicinas. Gracias al Padre Hernán Fedderma y a su esfuerzo haciendo solicitud  continuamente y pidiendo  colaboración a benefactores  holandeses, quienes les mandaban medicinas desde Holanda, recibían remesa para medio asistir las emergencias en el internado y comunidades aledañas. La misión era todo para los indígenas.  En varias oportunidades le correspondió a Sor Maria Narisis, como enfermera, atender casos muy delicados. 
     Entre los hechos que narraba se encuentra lo ocurrido a un indígena de una comunidad Piaroa con un pé, cuyo talón estaba colgado. El Padre Hernán, se percató de la situación y mando a llamar a Sor Maria para atenderlo. Era de noche y en la Isla no se contaba con el servicio de luz eléctrica, con una lámpara de kerosén hubo que arreglárselas.. Cuando le vió el pié se asustó, ellos caminan descalzos y tenía la piel sumamente dura, además la herida era de hace tres días. ¿Qué hacer?. Y aquí,  solicitar el auxilio del que todo lo puede, solo le pidió a Dios: "¡Señor ayúdame, no puedo dejarlo ir así!" y como pudo lo lavó y empezó a desinfectarlo, quiso ponerle anestesia para que no le doliera, pero era tan dura la piel  que la aguja no entraba. Con mucho esfuerzo,  y con la fe puesta en Dios, logró  darle veinte puntos y pudo ponerle el talón a su puesto. El hombre permanecía  tranquilo,  no se quejó y al finalizar la sutura dijo que estaba bien.  Al día siguiente fue, Sor María a verlo y no lo encontró. El Padre Hernán, tampoco sabia nada de su paradero, lo buscaron por toda la comunidad y no dieron con él. Al ver que había desaparecido solo lo encomendaron a Dios en las oraciones comunitarias pidiéndole que lo ayudara a que no se le infecte la sutura. Después de unos días les preguntaron a unas niñas internas que regresaban de su caserío por el señor, y le contaron que se estaba en la comunidad, caminando tranquilo. ¿Y los puntos? Se le quedaron. No lo vio  nunca más. Así eran  ellos, acuden a la misión cuando necesitan, porque saben que aquí pueden encontrar ayuda, luego siguen su camino.
    Sor Maria siempre decía  ¡Que valiente y sufrida es la gente indígena!. 
    En otra oportunidad, contaba Sor Maria, venía una familia a traer a su hija mayor que estudiaba el internado de las hermanas y que pertenecía a la comunidad de Caño Grulla (Etnia Piaroa).  La mamá estaba encinta, en el camino siente los dolores de parto y el motorista tuvo que parar el barco para atenderla. Ella se va detrás de un árbol y da a luz una niña preciosa, se embarca otra vez y sigue camino rumbo la misión.  La hija,  no más llegar,  les dice a las hermanas de la Misión que tiene una nueva hermanita recién nacida. A la niña ni siquiera la habían  limpiado. La Directora,  Sor Inés Molina, apenas la vio,   fue enseguida a hervir agua para bañarla y vestirle, y atender a la mamá. Mientras buscaban los insumos para la cura del ombligo y la ropita. ¡Cuál sería la sorpresa!  cuando tenía todo listo, y se acercaron donde les habían dejado, no encontramos a nadie.  Al rato llegaron bien bañadas del río tanto la mamá como la recién nacida.  Así es la vida de los indígenas y Dios los ayuda. Ellos acuden a la misión solo cuando ven que la cosa no va bien, sino, se las arreglan solos.
     De las cosas que admiraba Sor María de los indígenas era su maravillosa manera de solidarizarse. Le parecía simpática e increíble la cultura de la gente Guahiba de la comunidad Sabanista.  Entre las tantas veces que fue a visitarlos, un día oyó a un hombre que estaba en el chinchorro quejándose como si tuviera dolor, al preguntarle por qué se quejaba, él no respondió. La gente de la comunidad le contaron con total naturalidad a  Sor María, que la mujer estaba pariendo y él la ayudaba  asumiendo los dolores. Ella calificaba como un gesto bello esa manera de solidaridad y de  compartir, aunque,  según nuestra cultura  parezca absurdo. Ellos tienen su modo de vida, su mundo. A nosotros nos corresponde, conocerlo, valorarlo y  respetarlo.
     Otro hecho que contaba y que,  Sor María, calificó de muy delicado,  fue durante el parto de la señora Pónare. Ella  dio a luz una niña como a las dos de la tarde. A las seis de la misma tarde vino la señora Crispina a llamar  a Sor María, ella hacía de comadrona.  Crispina le consultaba qué podía hacer ya que la placenta no quería salir. Sor Maria le Pregunto si ya cortaron el cordón umbilical y sacaron la niña, contesta que no,  porque no tiene como hacerlo. Sor  le da  un material esterilizado para eso y le recomienda que corte el ombligo y salve la niña. Sor María, por respeto a su cultura, no fue al lugar, no se atrevía a ir porque si la paciente no llama se cierra y es peor. Sor se quedó muy preocupada, estaba inquieta, con gusto hubiera ido y hubiera estado allí. Sor Enriqueta, la Inspectora, que se encontraba de visita en la comunidad de las Salesianas, al darse cuenta de su angustia le pregunta qué pasa, ella le cuenta y la superiora la anima a ir, no se puede dejar morir a una persona y acompaña a Sor María al lugar donde se encontraba la parturienta. Que tristeza le dio ver a la señora acostada en el suelo y la niña todavía pegada al cordón de la placenta (Ellas, las indígenas, no acostumbran a cortar el cordón sin que saliese primero la placenta). Sor María, con cariño y decisión procedió  a sacar la niña que estaba helada, no tenían ni un trapo para cubrirla, volvió corriendo a la casa y busco una ropita y cobija, la envolvió  y la entregó a la hermana mayor para que la calentara. Luego se ocupó de la señora que ya no tenía fuerzas, eran tantas horas en esa angustia… Le tomo la presión y se dio cuenta que la tenia baja. Sabia que no tenían  suero para ponerle y era ya oscuro,  de noche, ¿Qué hacer? . Invocando, como de costumbre, a la Virgen María dijo: "¡María Auxiliadora, Madre, ayúdanos!".  Se puso en camino presurosa hacia la guardia nacional que siempre cuentan con los medios disponibles de comunicación y transporte para que colaboraran a salvar una vida. Aceptaron y la llevaron al hospital de Puerto Ayacucho, capital del Estado Amazonas. Al primer suero que se le puso la placenta salió. Un poco de descanso y todo pasó. Se salvaron la mamá y la niña. Sor siempre decía: ¡Gracias a nuestra Madre del Cielo que vela por sus hijos!.
     Cuantas personas llegaban a cada rato mordidos de culebras, o de perros y otros bichos del monte. El enfermero del pueblo no tenía experiencia y le mandaba a llamar para que les atendiera inyectándoles el suero antiofídico y realizarles  las curas a los pacientes. Trabajaban  unidos y ayudaban a todo aquel que acudía en busca de atención. Esa fue una experiencia hermosa que siempre recordó con mucho cariño agradecimiento.  

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