En el estado Amazonas, y hoy en día en toda Venezuela, el
sistema de salud es muy precario. Entre la selva, lejos de las estructuras modernas, sin provisiones de medicinas añadiendo a todo esto la falta de personal calificado, colocado a este lugar del
país entre los últimos en la escala de beneficios y atención médica
Cuantas veces
pasando al lado de las internas se les notaba en el rostro alguna afectación de salud, al tocarla estaban prendida en fiebre, sin embargo, ellas seguían con su trabajo, o con sus clase sin quejarse… Las hermanas tenían que obligarlas a acostarse y tomar las medicinas.
En sus inicios, cuando se abrió el internado en Isla Ratón, no había médico
ni medicinas. Gracias al Padre Hernán Fedderma y a su esfuerzo haciendo solicitud continuamente y pidiendo colaboración a benefactores holandeses, quienes les mandaban medicinas desde Holanda, recibían remesa para medio asistir las emergencias en el internado y comunidades aledañas. La
misión era todo para los indígenas. En varias oportunidades le correspondió a Sor Maria Narisis, como enfermera, atender casos muy delicados.
Entre los hechos que narraba se encuentra lo ocurrido a un indígena de una comunidad
Piaroa con un pé, cuyo talón estaba colgado. El Padre Hernán, se percató de la situación y mando a llamar a Sor Maria para
atenderlo. Era de noche y en la Isla no se contaba con el servicio de luz eléctrica, con una lámpara de kerosén
hubo que arreglárselas.. Cuando le vió el pié se asustó, ellos caminan descalzos y tenía
la piel sumamente dura, además la herida era de hace tres días. ¿Qué hacer?. Y aquí, solicitar el auxilio del que todo lo puede, solo le pidió a Dios: "¡Señor ayúdame,
no puedo dejarlo ir así!" y como pudo lo lavó y empezó a desinfectarlo, quiso ponerle anestesia para que no le doliera, pero era tan dura la piel que la aguja no
entraba. Con mucho esfuerzo, y con la fe puesta en Dios, logró darle veinte puntos y pudo ponerle el talón a su puesto. El hombre permanecía tranquilo, no se quejó y al finalizar la sutura dijo que estaba bien. Al día siguiente fue, Sor María a verlo y no
lo encontró. El Padre Hernán, tampoco sabia nada de su paradero, lo buscaron por toda la comunidad y no dieron con él. Al ver que había desaparecido solo lo encomendaron a Dios en las oraciones comunitarias pidiéndole que lo ayudara a que no se le infecte la sutura.
Después de unos días les preguntaron a unas niñas internas que regresaban de su caserío por el señor, y le contaron que se estaba en la comunidad, caminando tranquilo. ¿Y los
puntos? Se le quedaron. No lo vio nunca más. Así eran ellos, acuden a la misión
cuando necesitan, porque saben que aquí pueden encontrar ayuda, luego siguen su camino.
Sor Maria siempre decía ¡Que valiente y
sufrida es la gente indígena!.
En otra oportunidad, contaba Sor Maria, venía una familia a traer a su hija mayor que estudiaba el internado de las hermanas y que pertenecía a la comunidad de Caño Grulla (Etnia Piaroa). La
mamá estaba encinta, en el camino siente los dolores de parto y el motorista tuvo
que parar el barco para atenderla. Ella se va detrás de un árbol y da a luz una
niña preciosa, se embarca otra vez y sigue camino rumbo la misión. La hija, no más
llegar, les dice a las hermanas de la Misión que tiene una nueva hermanita recién nacida. A la niña ni siquiera la
habían limpiado. La Directora, Sor Inés Molina, apenas la vio, fue enseguida a hervir agua para bañarla y vestirle,
y atender a la mamá. Mientras buscaban los insumos para la cura del
ombligo y la ropita. ¡Cuál sería la sorpresa! cuando tenía todo listo, y se acercaron donde les habían dejado, no encontramos a nadie. Al rato llegaron bien bañadas del río tanto la
mamá como la recién nacida. Así es la vida de los
indígenas y Dios los ayuda. Ellos acuden a la misión solo cuando ven que la
cosa no va bien, sino, se las arreglan solos.
De las cosas que admiraba Sor María de los indígenas era su maravillosa manera de solidarizarse. Le parecía simpática e
increíble la cultura de la gente Guahiba de la comunidad Sabanista. Entre las tantas veces que fue a visitarlos, un día oyó a un hombre que estaba en el chinchorro quejándose como si tuviera dolor, al
preguntarle por qué se quejaba, él no respondió. La gente de la comunidad le contaron con total naturalidad a Sor María, que la mujer estaba pariendo y él la ayudaba asumiendo los
dolores. Ella calificaba como un gesto bello esa manera de solidaridad y de compartir, aunque, según nuestra cultura parezca absurdo. Ellos tienen su modo de vida, su mundo. A nosotros nos corresponde, conocerlo, valorarlo y respetarlo.
Otro hecho que contaba y que, Sor María, calificó de muy delicado, fue durante el parto de la señora Pónare. Ella dio a luz una niña como a las dos de la
tarde. A las seis de la misma tarde vino la señora Crispina a llamar a Sor María, ella hacía
de comadrona. Crispina le consultaba qué podía
hacer ya que la placenta no quería salir. Sor Maria le Pregunto si ya cortaron el cordón umbilical y
sacaron la niña, contesta que no, porque no tiene como hacerlo. Sor le da un
material esterilizado para eso y le recomienda que corte el ombligo y salve la
niña. Sor María, por respeto a su cultura, no fue al lugar, no se atrevía a ir porque si la paciente no llama se cierra y es peor. Sor se quedó muy preocupada, estaba inquieta, con gusto hubiera ido y hubiera estado allí. Sor Enriqueta, la Inspectora, que se encontraba de visita en la comunidad de las Salesianas, al darse
cuenta de su angustia le pregunta qué pasa, ella le cuenta y la superiora la anima a ir,
no se puede dejar morir a una persona y acompaña a Sor María al lugar donde se encontraba la parturienta. Que tristeza le dio ver a la
señora acostada en el suelo y la niña todavía pegada al cordón de la placenta
(Ellas, las indígenas, no acostumbran a cortar el cordón sin que saliese primero la placenta). Sor María, con cariño y decisión procedió a sacar la niña que estaba helada, no tenían ni
un trapo para cubrirla, volvió corriendo a la casa y busco una ropita y cobija, la
envolvió y la entregó a la hermana mayor para que la calentara. Luego se ocupó de la
señora que ya no tenía fuerzas, eran tantas horas en esa angustia… Le tomo la presión
y se dio cuenta que la tenia baja. Sabia que no tenían suero para ponerle y era ya oscuro, de noche, ¿Qué hacer? . Invocando, como de costumbre, a la Virgen María dijo: "¡María
Auxiliadora, Madre, ayúdanos!". Se puso en camino presurosa hacia la guardia nacional que siempre cuentan con los medios disponibles de comunicación y transporte para que colaboraran a salvar una vida.
Aceptaron y la llevaron al hospital de Puerto Ayacucho, capital del Estado Amazonas. Al primer suero que se le
puso la placenta salió. Un poco de descanso y todo pasó. Se salvaron la mamá y
la niña. Sor siempre decía: ¡Gracias a nuestra Madre del Cielo que vela por sus hijos!.
Cuantas personas
llegaban a cada rato mordidos de culebras, o de perros y otros bichos del
monte. El enfermero del pueblo no tenía experiencia y le mandaba a llamar para que les atendiera inyectándoles el suero antiofídico y realizarles las curas a los pacientes. Trabajaban unidos y ayudaban a todo aquel que acudía en busca de atención. Esa fue una experiencia hermosa que siempre recordó con mucho cariño agradecimiento.
UNA DISPONIBILIDAD SIN IGUAL
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