EN EL INTERNADO
Cuando se tiene contacto con un ser tan especial como Sor María Narisis, una "monjita" tan dada y servicial, no se puede menos que contar y compartir esa vida con los demás. En esas largas jornadas de visitas a las distintas comunidades indígenas que hacíamos en Atabapo (Amazonas), no solamente con el fin de evangelizarlos, sino, y sobre todo, para promoverlos y defenderlos de los depredadores, en todo el sentido de la palabra, eran muchas las historias, cuentos, anécdotas que compartía Sor María, algunas graciosas, otras curiosas o tristes.
Contaba, por ejemplo, acerca de su experiencia con las internas, varias cosas interesantes, típicas de sus costumbres y de su modo de ver las cosas desde su mundo mágico religiosa impregnado de significado.
Aunque tenían amistad con las internas y las conocían bien, una cosa era tratarlas de día y otra muy distinta por las noche. Las indígenas tienen miedo de su “alma sombra”, por lo que no le permitían a las asistentes levantarse y acercárseles si estas notábamos alguna cosa insólita o extraña. A
veces se las oía llorar y por respeto a sus
creencias no podía levantarse a ver qué pasaba, tenían que recurrir a otra muchacha, una especie de interprete, otra interna que hablase su lengua y dominase el castellano, para averiguar qué pasaba. En
caso de que se sintiesen mal o enfermas debían pedirles permiso para ver si podían ir a
darle un remedio, si decían que si, se
levantaba la asistente, y si la respuesta era no, debían respetar esa decisión y aguantar toda la noche el llanto. Poco a poco
se les fue pasando esa costumbre, pero era un proceso lento de respeto a la cultura que debían hacer para ganarse la confianza y así posibilidad de acercarse.
Un día se murió
la mamá de una interna de la etnia guahiba, ellas creen en la reencarnación. Sor María vio como, en el almuerzo, el gato se le sube a la mesa y
come en su plato sin que ella lo espante. Sor María, como buena enfermera, le grito que sacara al gato ya que contagia
y transmite enfermedades, la indígena siguió tranquila, la mira y no hizo caso al llamado de atención.
En otra oportunidad, con la misma muchacha, esta vez de noche, sintieron gritos en el dormitorio, menos mal que eran tiempos de
vacaciones y habían pocas internas, las que se quedaban tenían motivos de fuerza mayor, en ese caso porque tuvo problema con su padrastro. Al oír el grito se levantaron y notaron como esta joven miraba fijo
debajo de la hamaca donde dormía Sor María, diciendo que vio a su mamá introducirse en el gato, que estaba
bajo la hamaca metiéndose en la persona de Sor María. No fue fácil manejar la situación, costó muchísimo tranquilizarla. Desde ese día Griselda, la joven indígena, seguía a Sor María como si fuese su
mamá. Y por mucho tiempo, aun siendo mayor, cuando la encontraba en Puerto Ayacucho, donde vive con
sus hijos, corre y abraza a Sor María pidiendo la bendición, en gesto filial.
Mari, sigo entusiasmado tus entregas de la obra educativa y misionera de esta religiosa salesiana FMA. Me encantó como sor piedrita en el zapato vivía el contacto con la cultura indígena.
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