Cada uno tiene un origen, una familia, ese entorno que sienta las bases de la personalidad, fuente en el cual se aprenden los valores y las actitudes ante la vida.
María Narisis, nació Sicilia, al Sur de Italia, el 13 mayo del 1934, día que para la iglesia esta revestido de festividad mariana al celebrarse la aparición de la Virgen de Fátima, hija de Ignazina
Marsala y Nicoló Narisi, a los cuales recordaba con mucho
amor, nostalgia y agradecimiento. Su mamá, un alma de Dios, de comunión diaria, llegó a decir: “El día que no pueda ir a Misa y comulgar, será el día más
triste de mi vida, me parecerá un día interminable”. Doña Ignazina era una mujer
sensible a las necesidades de los demás, siempre pronta a socorrerlas.
De niña, María Narisis, veía a su madre muchas veces salir a visitar al necesitado, luego ir
de casa en casa para pedir ayuda y llevárselo. Estas imágenes se fueron
metiendo en lo más profundo de su ser y fueron determinante en la forma de
vivir su vocación y su entrega a Dios. De su madre contaba una anécdota que la marcó profundamente: “Yo conocí a un
señor que lloraba recordando a mamá. Dice que le debe la vida ya que vivía solo
y estaba tuberculoso, en aquel entonces
esa era una enfermedad grave y contagiosa, mamá no tenía miedo e hizo todo lo posible
para curarlo”.
El papá de Sor María Narisi, fundó la acción católica
masculina. Durante las noches inventaba la forma de mantener a los jóvenes
entretenidos y divertidos en la sede del Santuario de la Providencia (Sicilia).
La infancia de Sor María Narisi fue feliz, a pesar de que le
tocó vivir tiempo de guerra. Su papá fue nombrado juez de paz. Ella lo recuerda
salir en las noches con una insignia en el brazo que le daba seguridad de
circular a cualquier hora en busca de los que sabía, no podían llegar a su casa
a una cierta hora. “No media peligro con tal de salvar a los que corrían peligro. A cuanta gente sacó de la cárcel con tan solo hablar con el comandante. Los presos con solo oír la voz de don Nicoló
decían: ¡preparémonos a salir! Y así era.
Después los reunía, les daba charlas formativas,
recomendaciones y algunos consejos para que se portaran bien y cambiaran de
conducta. Muchísimos le hicieron caso y lograron ser buenos ciudadanos y
agradecidos".
Ella nos cuenta que su padre tuvo muchas ocasiones para hacerse
rico con sólo poner una firma a alguno sin conciencia que quería pasar un
contrabando, pero él no cedió. Con una mirada fulminante, les intimidaba y le hacía entender que no accedería a tales prerrogativas.
Su lema era “Pobre nací y pobre quiero morir, trabajo y
salud son nuestras riquezas, demos gracias a Dios”
Cuenta Sor María Narisi un episodio narrado por su padre y
con la cual les inculcaba tener fe, amor y confianza en la Virgen María. “Mi padre,
cuando prestaba servicio militar, al inicio de la II guerra mundial, le toco
estar en una zona de mucho frío a tal punto que se le congelaron las piernas y
el diagnóstico médico fue amputárselas. Él se encomendó a la Virgen con mucha
confianza. Una enfermera se le acercó y le dio ánimo, ella misma se comprometió
a cuidarlo. Lo cambió de sitio y lo cuidó con mucha delicadez. Empezó a
hacerle masajes, ponerle agua caliente, logró que la sangre empezaba a
circular. El día destinado a la imputación, el médico
quedó sorprendido y quiso saber que había hecho para la mejoría de las piernas.
Papá no pudo contestarle porque no sabía el nombre de la enfermera, ella nunca
se lo dijo y ahora no aparecía, no pudo ni siquiera agradecerle. La recordaba como la
milagrosa. La virgen era el amor de su vida".
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