ANTE LOS
CONSTANTES ABUSOS, FIRMEZA EN LA DEFENSA
Los que ostentan
el poder militar en Venezuela, especialmente en territorio indígena, actúan, con mucha frecuencia, de forma arbitraria contra los ciudadanos y sin el debido respeto a sus
derechos. Cuando La Guardia Nacional
venezolana se fijaba en un punto, o en
una persona no había manera de hacerles entender que era errada esa postura, la
única forma que “dieran su brazo a torcer”
era aplicando una fuerza mayor a
ellos como, por ejemplo, hacer valer las normativas por encima de la propia constitución, que en
materia de derechos humanos, había en favor de los aborígenes. Es por ello que la presencia de Sor María
Narisis representaba una gran molestia, ella, con su hábito de religiosa
salesiana y con el carnet que la acreditaba como miembro activo del comité en
defensa de los indígena, sumado a su aplomo y firmeza a favor de los
desposeídos representaba “una pidrieta en el zapato” en contra de sus
actuaciones desproporcionadas y fuera de toda legalidad.
La Guardia
Nacional tenía sus puntos de control fronterizo en Atabapo, toda esa zona
contiene en su subsuelo riqueza minera que desde siempre había sido explotada
de forma artesanal por los indígenas, poco a poco el trabajo de las minas fue
atrayendo gente de otros lugares que ilegalmente entraban y extraían ese
material haciendo uso de los indígenas como empleados y pagándoselos por esa
labor con artículos que eran de difícil acceso en la selva Amazónica. La
Guardia les tenía en la mira, por ello que a todos los que pasaban por el
comando de Santa Bárbara, según ellos, venían de la mina y les revisaban todo y
hasta lo despojaban de sus pertenencias.
Hechos que demuestren lo que decimos en relación a la
actuación indebida de la Guardia Nacional Venezolana hay muchos, y aquí narraremos
algunos de los cuales fuimos testigos estando en Atabapo. Uno de esto, es el
caso de un señor de la comunidad de Magua etnia Puinabe que estaba pescando un
poco más arriba del comando. En la tarde el pescador pasa por ahí, lo revisan,
y como no tenía oro le quitan no solo el pescado, que se lo echaron a perder
por dejarlo al sol, sino también la malla que es lo único que tiene para
trabajar y poder comer él y su familia. El señor se defiende pero no le hacen
caso. La mujer que es más espabilada que él fue a poner la denuncia ante Sor
María. El comité se activó y empezaron la averiguación Sor María misma habló
con el teniente el cual le responde que la malla estaba en Atabapo, en el
comando, en manos del Comandante.
En realidad, conociéndolos como los conocía, ella no les creyó,
sin embargo se dirigió a hablar con el
comandante y éste le dijo que no tenía conocimiento de eso y mandó a llamar al teniente. Tanto insistió que,
el teniente, tuvo que pagar el costo de
la malla. En la tarde se acercó sumiso y
le trajo el dinero diciendo a Sor María: “hermana no se encuentra la malla de
la señora, toma la plata para comprarla”. Así fue, la señora contenta porque
tenía malla nueva. Y él, humillado por
la mentira que dijo, ya que posteriormente se supo que había vendido la malla.
Otro caso, en el
mismo comando y con el mismo teniente, pero esta vez las victimas pertenecían a la comunidad
Yapacana de la etnia Piaroa. Una señora fue trasladada a Macuruco por presentar
hemorragia y riesgo de aborto. El enfermero no tenía como auxiliarla, así que
le coloca un suero y la traslada al ambulatorio de Atabapo. Al pasar por el
comando se produjo otro altercado ya que para el teniente todo era una farsa, para él la señora no
estaba enferma. Para él la señora viene de la mina y quiere pasar inadvertida de
forma camuflada sin pasar por la revisión acusando al enfermero de complicidad.
Se dirige a enfermero l diciéndole: “dele veneno para que se muera y no
alcahuetee a los indios”. El enfermero responde que él no está para
matar a la gente sino para salvar vidas.
Les costó muchísimo tiempo pasar del
puesto de comando al ambulatorio. Al regreso, como no logró detener a la
enferma, detuvo toda la noche al enfermero el cual tuvo que dormir en el río.
Al recibir la denuncia, Sor María se dirigió a conversar con el teniente, el
cual se declaraba muy amigo de ella y
cada vez que la encontraba le pedía la bendición y hasta que ella no se la
daba, no se retiraba. Al presentarse delante de él con este reclamo le dijo: “¡Dios
te bendiga!”, Pero esta vez le dejó bien claro: “Mira teniente, es inútil que yo le dé la bendición. Si te
portas bien con la gente, que son nuestros hermanos, Dios te bendice con
creces. Yo puedo darte todas las bendiciones del mundo, pero si no te portas bien no te llegan. Así
que ¡ponte las pilas! Lo siento pero la denuncia esta puesta. Tú eres mi amigo,
pero lo que hiciste no es correcto”
De hecho lo cambiaron enseguida. Siguieron siendo amigos pero, desde lejos.
Para Sor María no
había días tranquilos, cada jornada se encontraba con una novedad. La que narramos
esta vez suena increíble, pero fue cierta. Un joven estudiante pasó toda la
noche pescando, por la mañanita lo encuentra un guardia nacional y le pide que
colabore con ellos regalándole 16 bocones (pescado grande y sabroso) el joven
se niega, dice que puede darle 5 o 6, más
de eso, no puede, ya que tiene familia y
está estudiando y necesita ayudarse. El guardia, a sabiendas que el muchacho no
estaba obligado a darle nada, y aceptar lo que este le ofrece ante su extorción,
lo lleva al comando y le decomisa el pescado. La familia se dirigió a la única
persona que podía enfrentar a la guardia y ayudar al joven. van ante Sor María
y le exponen el caso. Ella, los escucha y va con ellos al comando. El teniente
en primer momento lo niega y dice que ahí no había nadie detenido. Ella, con toda
clama le respondo: “O Usted arregla eso, lo más rápido posible y deja ir al
joven con todo su pescado sin que le falte uno o eso lo arreglo en Puerto
Ayacucho”, El guardia la mira y se
va diciendo en voz alta: “la monja, mandara en su casa y yo mando aquí” en seguida los
presentes se lo fueron a decir. Al rato el mismo teniente la mandó a llamar, ella con la misma calma le respondió
al emisario: “dile a tu teniente, ¡que él manda en el comando y yo mando en
mi casa!, si quiere hablar conmigo sabe dónde vivo”. Menos de un cuarto de
hora llegó la familia del joven diciendo que le dejaron ir con todo su pescado.
Ella cerraba esta anécdota diciendo: “Si quiero ser sincera a veces me
cuesta imponerme, pero tengo que hacerlo, no puedo tolerar que abusen de mis
hermanos. No es de extrañar que si hay una pequeña revuelta el primer tiro
sería para mí. Por ser, como dicen ellos
¡Sor piedrita que molesta!”.
Y DEBEMOS APRENDER: DIOS TE BENDICE SI Y SOLO SI APRENDES, ACTÚAS DICIENDO Y HACIENDO EL BIEN A TU PRÓJIMO.
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