martes, 29 de enero de 2019


ANTE LOS CONSTANTES  ABUSOS, FIRMEZA EN LA DEFENSA
    Los que ostentan el poder militar en Venezuela, especialmente en territorio indígena,  actúan, con mucha frecuencia,  de forma arbitraria contra  los ciudadanos y sin el debido respeto a sus derechos.  Cuando La Guardia Nacional venezolana  se fijaba en un punto, o en una persona no había manera de hacerles entender que era errada esa postura, la única forma que “dieran su brazo a torcer”   era aplicando una fuerza mayor a ellos como, por ejemplo, hacer valer las normativas por encima de la propia  constitución, que en materia de derechos humanos, había en favor de los aborígenes.  Es por ello que la presencia de Sor María Narisis representaba una gran molestia, ella, con su hábito de religiosa salesiana y con el carnet que la acreditaba como miembro activo del comité en defensa de los indígena, sumado a su aplomo y firmeza a favor de los desposeídos representaba “una pidrieta en el zapato” en contra de sus actuaciones desproporcionadas y fuera de toda legalidad.
     La Guardia Nacional tenía sus puntos de control fronterizo en Atabapo, toda esa zona contiene en su subsuelo riqueza minera que desde siempre había sido explotada de forma artesanal por los indígenas, poco a poco el trabajo de las minas fue atrayendo gente de otros lugares que ilegalmente entraban y extraían ese material haciendo uso de los indígenas como empleados y pagándoselos por esa labor con artículos que eran de difícil acceso en la selva Amazónica. La Guardia les tenía en la mira, por ello que a todos los que pasaban por el comando de Santa Bárbara, según ellos, venían de la mina y les revisaban todo y hasta lo despojaban de sus pertenencias.
Hechos que demuestren lo que decimos en relación a la actuación indebida de la Guardia Nacional Venezolana hay muchos, y aquí narraremos algunos de los cuales fuimos testigos estando en Atabapo. Uno de esto, es el caso de un señor de la comunidad de Magua etnia Puinabe que estaba pescando un poco más arriba del comando. En la tarde el pescador pasa por ahí, lo revisan, y como no tenía oro le quitan no solo el pescado, que se lo echaron a perder por dejarlo al sol, sino también la malla que es lo único que tiene para trabajar y poder comer él y su familia. El señor se defiende pero no le hacen caso. La mujer que es más espabilada que él fue a poner la denuncia ante Sor María. El comité se activó y empezaron la averiguación Sor María misma habló con el teniente el cual le responde que la malla estaba en Atabapo, en el comando, en manos del Comandante.
En realidad, conociéndolos como los conocía, ella no les creyó, sin embargo se dirigió a  hablar con el comandante y éste le dijo que no tenía conocimiento de eso y  mandó a llamar al teniente. Tanto insistió que, el teniente,  tuvo que pagar el costo de la malla. En la tarde se acercó  sumiso y le trajo el dinero diciendo a Sor María: “hermana no se encuentra la malla de la señora, toma la plata para comprarla”. Así fue, la señora contenta porque tenía malla nueva. Y él,  humillado por la mentira que dijo, ya que posteriormente se supo  que había vendido la malla.
     Otro caso, en el mismo comando y con el mismo teniente, pero esta vez  las victimas pertenecían a la comunidad Yapacana de la etnia Piaroa. Una señora fue trasladada a Macuruco por presentar hemorragia y riesgo de aborto. El enfermero no tenía como auxiliarla, así que le coloca un suero y la traslada al ambulatorio de Atabapo. Al pasar por el comando se produjo otro altercado ya que para el teniente  todo era una farsa, para él la señora no estaba enferma. Para él la señora viene de la mina y quiere pasar inadvertida de forma camuflada sin pasar por la revisión acusando al enfermero de complicidad. Se dirige a enfermero l diciéndole: “dele veneno para que se muera y no alcahuetee a los indios”. El enfermero responde que él no está para matar  a la gente sino para salvar vidas. Les  costó muchísimo tiempo pasar del puesto de comando al ambulatorio. Al regreso, como no logró detener a la enferma, detuvo toda la noche al enfermero el cual tuvo que dormir en el río.
Al recibir la denuncia, Sor María  se dirigió a conversar  con el teniente,   el cual se declaraba muy amigo de ella  y cada vez que la encontraba le pedía la bendición y hasta que ella no se la daba, no se retiraba. Al presentarse delante de él con este reclamo le dijo: “¡Dios te bendiga!”,  Pero esta vez  le dejó bien claro: “Mira teniente,  es inútil que yo le dé la bendición. Si te portas bien con la gente, que son nuestros hermanos, Dios te bendice con creces. Yo puedo darte todas las bendiciones del mundo,  pero si no te portas bien no te llegan. Así que ¡ponte las pilas! Lo siento pero la denuncia esta puesta. Tú eres mi amigo, pero lo que hiciste no es correcto”
De hecho lo cambiaron enseguida. Siguieron  siendo amigos pero, desde lejos.
     Para Sor María no había días tranquilos, cada jornada se encontraba con una novedad. La que narramos esta vez suena increíble, pero fue cierta. Un joven estudiante pasó toda la noche pescando, por la mañanita lo encuentra un guardia nacional y le pide que colabore con ellos regalándole 16 bocones (pescado grande y sabroso) el joven se niega, dice que puede darle 5 o 6,  más de eso,  no puede, ya que tiene familia y está estudiando y necesita ayudarse. El guardia, a sabiendas que el muchacho no estaba obligado a darle nada, y aceptar lo que este le ofrece ante su extorción, lo lleva al comando y le decomisa el pescado. La familia se dirigió a la única persona que podía enfrentar a la guardia y ayudar al joven. van ante Sor María y le exponen el caso. Ella, los escucha y va con ellos al comando. El teniente en primer momento lo niega y dice que ahí no había nadie detenido. Ella, con toda clama le respondo: “O Usted arregla eso, lo más rápido posible y deja ir al joven con todo su pescado sin que le falte uno o eso lo arreglo en Puerto Ayacucho”,  El guardia la mira y se va diciendo en voz alta: “la monja, mandara en su  casa y yo mando aquí” en seguida los presentes se lo fueron a decir. Al rato el mismo teniente la mandó a llamar, ella con la misma calma le respondió al emisario: “dile a tu teniente, ¡que él manda en el comando y yo mando en mi casa!, si quiere hablar conmigo sabe dónde vivo”. Menos de un cuarto de hora llegó la familia del joven diciendo que le dejaron ir con todo su pescado. Ella cerraba esta anécdota diciendo: “Si quiero ser sincera a veces me cuesta imponerme, pero tengo que hacerlo, no puedo tolerar que abusen de mis hermanos. No es de extrañar que si hay una pequeña revuelta el primer tiro sería  para mí. Por ser, como dicen ellos ¡Sor piedrita que molesta!”.   



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