miércoles, 2 de enero de 2019


 ASISTENCIA DE LA JUVENTUD EN RIESGO

     La actividad  de esta mujer era incansable. Cuando tenía un "tiempito" libre, buscaba la manera de ocuparlo en función del crecimiento de las comunidades.
En Atabapo, inició un trabajo con los catequistas. En oportunidades tomaba a uno de ellos y los invitaba a acompañarla a los distintos  caseríos indígenas que estaban bajo su responsabilidad. Entre estos líderes animadores se encuentra el catequista Andrés Camacho Aragua. Un hombre noble y trabajador que vivía en Atabapo,  maestro del colegio Junín, con su familia, pertenecía a la comunidad de creyentes y defensores de los DDHH junto con Sor María.
     Junto con Camacho, como era llamado popularmente,  empezó un programa Catequístico formativo para  con los muchachos de los barrios y caseríos más cercanos de San Fernando de Atabapo.   Entre los destinatarios  de este proyecto se encontraban los del INAM (Instituto Nacional de Asistencia al Menor). Para ello contaba con el apoyo de las autoridades de ese momento que les dieron  plena libertad en desarrollar esa labor Catequístico y formativa.  
     Para hacerle seguimiento a este propósito solo contaban con el propio esfuerzo,  sin recursos materiales, intentaban estimular la buena voluntad de estos muchachos, sobre todo los del INAM el cual había funcionado en esta localidad de Atabapo en las condiciones más deplorables posibles.  Al tiempo de haberse iniciado esta labor, y gracias a la  perseverancia  y seguimiento de cada uno de estos niños y jóvenes,  se fueron  notando algunos pequeños  cambios en sus conductas. Los jóvenes se sentían queridos, y respondían con afecto y alegría. Había casos con problemas delicados y a veces graves, situaciones de dolor, de   maltrato y abusos, eran  niños de la calle, sin familia, con alto índice de desnutrición. Eran  el resultado de la violencia vivida, de la soledad. Desde que nacieron fue la lucha por la sobrevivencia. Frente a esta situación, cuando se es niño, adolescente o joven se  busca necesariamente a alguien que te oriente, con el cual hacer grupo, que te acepte  y, si no son los padres, será uno de tu misma edad,  compañero (bueno o malo)  y  en el peor de los  casos, esto se encuentra en la calle.
     En oportunidades, Sor Maria,  se encontró con muchachos que si contaban con sus padres, pero a muchos de ellos les era más fácil, darle un poco de dinero en lugar de un poco de tiempo. A otros no los comprendían, no los amaban. Esto los había distanciado de sus hijos  perdiendo la confianza de ellos. Lo peor de todo esto es  que estos muchachos tomarían caminos que serían graves para las propias familias, la sociedad, la Iglesia. Es por eso que Sor María, insistía que debía hacerse amigos, ganar su confianza a fin de crear afecto que hiciera  posible la educación verdadera: ¡El amor!
     Al constatar esa ausencia de la figura de los padres y el abandono del que habían sido víctima estos muchachos, ella  opto por dedicarse de lleno a ellos, los muchachos del INAM. Fue muy difícil el comienzo.
     Recordaba, por ejemplo,  la rebeldía que tenían: No escuchaban consejos, mientras les hablaban o tramitan algún mensaje se oían murmullos, palabrotas, empujones, lloriqueos de los más pequeños, pellizcos … Fue necesario trabajar muy duro para tratar de conseguir el objetivo que se  perseguíamos. Su CONFIANZA.
     Sábado, tras sábado, iba Sor María con su equipo de animadores, al INAM continúas charlas, juegos dirigidos, paseos, encuentros amistosos con otros muchachos de otras comunidades, sorpresas, teatros… en fin todo lo que pudiera y estaba a su  alcance por el bienestar de estos muchachos.
     Muchas veces, la Directora de la escuela a la cual asistían los internos le presentaba sus quejas, y ella, en silencio las recibía: “si estos muchachos siguen así, no podemos tenerlos más aquí, un día vienen a clase, otro día no, vienen a primera hora de la mañana y después del receso no regresan”. Tenía razón, decía, con tristeza, Sor María. La Prefectura, por otra parte hacia sus observaciones y amenazas. Varias veces tuvo que sacarlos de la policía, estaban presos, o por robar, o por pelear. No sabía qué hacer, pero, notaba el cariño que le tenían, de alguna manera le hacían sentir que la querían. “¿Qué hacemos? Se preguntaba, e inmediatamente se respondía ¡Rezar a Papá Dios!”
     Sor María les instruía y montaba con ellos teatros. Les hablaba de Don Bosco, y su ejemplo de entrega a los jóvenes más pobres y necesitados pronto se hizo presente. La  dedicación, paciencia y confianza no quedó defraudada. Estos jóvenes, a los cuales les costaba mucho ponerse de acuerdo y mantener un mínimo de disciplina para sacar a flote un pequeño teatro, llegaron a pelearse por ser parte de los personajes protagónicos en la obra.
Todos los sábados la pasaba con ellos en su internado. De cuantas injusticias fue testigo, cuantas historias de dolor, una peor que otra.  Muchas veces le tocó llorar con ellos oyendo sus relatos bien dolorosos. “¿Que se pretende de unos niños que no han recibidos más que  palos en la vida? ¿Qué pueden dar si no han recibido? Todos damos lo que tenemos” eran sus constantes reflexiones.
 Poco a poco se hicimos amigos. Organizaba, junto con ellos, paseos, teatros, meriendas, concursos, en fin muchas cosas para entretenerlos y ocuparlos. Con ellos ambientaba los salones con bellas frases de Don Bosco: “Basta que sean jóvenes para amarlos mucho”. En realidad fue muy duro, pero la constancia vence. Ellos tenían en la sangre mucha rebeldía contra todos, así que Sor María rezaba a Don Bosco: “Don Bosco ven y ayúdanos”.  Ella les enseñó el canto “SALVE DON BOSCO SANTO, JOVEN DE CORAZÓN…DON BOSCO,  VEN AYÚDANOS”  Este canto fue el primero que aprendieron y subrayaban con mayor entonación: Ven y ayúdanos. Lo cantaban con su alma.
En la fiesta de Don Bosco lograron montar teatro, ellos fueron los protagonistas, acabó con el canto: Música, mucha música. Les gustó mucho. Les quedó tan bonito,  que se ganaron muchos aplausos. Este acontecimiento los hizo pensar: “Podemos hacer algo bueno”. Las entradas en la policía empezaron a menguar. Un día un policía le preguntó: ¿Qué pasa con los muchachos del INAM? Sor María sorprendida le responde “por qué” ´el responde: “pues, que me extraña que hace tiempo no hay ninguno preso”.
     Los muchachos empezaron a llamarla “abuela” aprovechó  para decirle que las abuelas se les respetan y obedecen.  Este esfuerzo empezó a dar sus frutos. Se empezó a notar que desde el trabajo que se hacía en el INAM  empezaron a asistir a clase, hacían sus tareas, pedían lo que necesitaban, los más grandecitos prometieron que querían cambiar la cara del INAM que tenía mala fama y todos tenían miedo a los muchachos del INAM. En realidad mejoraron bastante. Al finalizar el primer año de experiencia con los muchachos del INAM ellos mismos decían:
“Este año que ustedes nos acompañaron, me ha parecido mejor que los otros años. Me ha llevado a reflexionar sobre mi vida, sobre los demás y a respetar las cosas ajenas”
“Aprendí a comportarme, a conocer más a Don Bosco y a La Virgen”.
“Siento que soy diferente que el año pasado, porque soy más colaborador y obediente, tenía muchas malas mañas y ahora las he corregido, vivo alegre”.
“De las actividades que ustedes hicimos como el concurso para conocer a  Don Bosco y La Virgen, participar en el Rosario, en el teatro, los consejos de Sor María Narisi. Estoy tratando de ponerlos en práctica, jamás en mi vida me habían hablado así, me hizo reflexionar”
“A ser responsable, honesto, respetuoso, siento que tengo un compromiso muy grande con mi caserío, de trasmitir lo que he aprendido (cantos, juegos…)”.
“Enseñar lo que aprendí a los muchachos de mi comunidad, ayudar a mis padres sin malcriadeces, rezar todas las noches el Ave  María”.
Con el tiempo ese internado para muchachos con problemas y de la calle, no se sostuvo, el gobierno lo cerro debido que la mayoría de los muchachos no pertenecían a San Fernando de Atabapo sino que provenían de Puerto Ayacucho y sus barrios. Era cruel distanciar a estos niños, adolescente y jóvenes lejos de sus familiares  porque, aunque muchos eran de la calle, otros tenían familiares cercanos: abuelos, hermanos, tíos…los cuales se desentendían de sus muchachos. Además que las condiciones dentro del internado eran precarias. No tenían guías responsables y preparados. La alimentación era escasa y deficiente en nutrientes a tal punto que estaban mejor en sus casas que en el mismo  internado por los niveles de decadencia.
En oportunidades, Sor María, se los encontraba, ya grandes, en Puerto Ayacucho y la  llamaban viejita o abuela y le pedían la bendición. Ella siempre decía, al referirse a ellos, “Gracias Don Bosco. Sigue ayudándolos esos son tus hijos predilectos”.




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